Entre todos los seres humanos hay una criatura a la que Dios mira con predilección única, una criatura a la que ha colmado de los dones más admirables, en la que ha puesto todas Sus complacencias. Supera en belleza, en inteligencia y en grandeza a todas las hijas de Sión, y aventaja en santidad a todos los ángeles y a todos los Santos del Cielo: es la Santísima Virgen María, obra maestra del Todopoderoso.
María es anunciada al mundo mucho antes de aparecer: ya en el paraíso terrenal, cuando Dios promete a Adán un Salvador y declara a la serpiente que una Mujer le aplastará la cabeza. Para preparar a esta Mujer bendita entre todas, Dios hace algo más: por un privilegio singular, La preserva, desde el primer instante de Su concepción, de la mancha original que marca a todo ser humano al venir al mundo. Esta gracia única, concedida a la que debía ser Madre de Dios, la Iglesia la contempla cada año el 8 de diciembre, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción.
La Virgen Santísima recibe en la tierra un hogar digno de Ella: san Joaquín como padre y santa Ana como madre. Su infancia transcurre en el Templo, como una flor escondida. Ora, medita las Sagradas Escrituras, trabaja con Sus manos y canta las alabanzas del Señor. Toda Su juventud es un diálogo secreto entre Su Corazón y el Corazón de Dios. Llegada a la edad de doncella, es desposada con san José, el humilde justo elegido para custodiar este tesoro.
Un día, mientras María está en oración, el cielo se abre. Un ángel entra en Su casa. Es Gabriel, el mensajero de Dios. La saluda: «Dios Te salve, llena de gracia; el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres». La Virgen Se turba ante tal saludo y Se humilla aún más. Pero el ángel La tranquiliza y Le revela el designio de Dios: concebirá un Hijo, al que pondrá por nombre Jesús.
Entonces, con un consentimiento que compromete el destino del mundo, la Virgen María responde: «He aquí la esclava del Señor; hágase en Mí según tu palabra». En ese instante silencioso, el Verbo eterno Se hace carne en Su seno: el misterio de la Encarnación se cumple, Dios Se hace hombre y el Cielo desciende a la tierra.
Algunos meses más tarde, en Belén, el Niño Jesús nace en la pobreza de un pesebre. María no Le da Su divinidad – que procede del Padre, pero Le da Su humanidad, ese cuerpo y esa sangre por los que nos salvará. Sin embargo, porque este Hijo que Ella engendra es una sola y misma persona, verdadero Dios y verdadero hombre, la Iglesia La saluda con razón como Madre de Dios. Entre todos los títulos que la piedad Le atribuye, ninguno es más dulce a Su Corazón que el que proclama Su maternidad divina, pues encierra, mejor que los discursos más largos, todas Sus glorias y todas Sus grandezas.
En la cruz, el Viernes Santo, Jesús, ya en agonía, quiere darnos todavía una última prueba de Su amor. Volviendo hacia María una mirada llena de ternura, Le dice, señalando a san Juan: «Mujer, ahí tienes a Tu hijo». Luego Jesús mira a Su discípulo amado, san Juan, y le dice: «Hijo, ahí tienes a tu Madre». En ese instante solemne, María nos adopta a todos en la persona de Juan, y el amor que nos tiene supera el de todas las madres de la tierra reunidas.
Por nuestra parte, nunca podremos tener hacia la Santísima Virgen María demasiada gratitud ni demasiado amor. Por Ella se ha restablecido la alianza de amor entre Dios y el hombre, rota por el pecado de Adán. Al darnos a Jesús, nos ha dado la fuente de todo bien. Estamos llamados a amarla con la confianza de un hijo hacia su madre y a invocarla como nuestra más poderosa protectora.
Varias veces al día conviene dirigirle el Ave María, la más dulce de las oraciones marianas. Comienza con el saludo del arcángel Gabriel: «Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres», y continúa con las palabras de santa Isabel: «y bendito es Tu Hijo, Jesús». La Iglesia ha añadido la súplica final: «Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».
Nuestra Madre del Cielo tiene las manos llenas de tesoros espirituales y Se complace en derramarlos sobre las almas dóciles. Pidámosle que prepare Ella misma nuestro corazón para recibir a Jesús en la Comunión. Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, que fue el primer sagrario donde habitó Jesús antes de Su nacimiento, nos ayudará, si La invocamos, a hacer una buena primera comunión. Pondrá en nosotros algo del respeto y del amor con que Ella misma Se acercaba a la sagrada Mesa al final de Su vida.
Vayamos, pues, a Jesús por María: al Hijo todopoderoso por la Madre toda bondad. Es el camino más seguro, más suave y más corto para entrar en el Corazón de Dios.
Es justo tener una devoción particular hacia san José, esposo de María y padre adoptivo de Jesús. Aquel a quien Dios confió la custodia de Jesús, la misma inocencia, y de María, la más pura de las vírgenes, puede ciertamente velar también por nosotros. Cada día debemos orar a este gran Santo para que nos ayude a conservar un cuerpo casto y un alma sin mancha, a trabajar fielmente, a vivir en el silencio, la fe y la confianza.
Al venir al mundo, cada uno de nosotros recibe también, por la bondad de Dios, un protector especial: el Ángel de la Guarda. Espíritu puro, el ángel no tiene cuerpo y nuestros ojos no pueden verlo, pero él ve todo lo que hacemos. Por respeto a su presencia, estamos llamados a huir de todo mal. Conviene invocarlo en todas nuestras necesidades: discreto compañero de camino, viene en nuestra ayuda, nos ilumina, nos advierte y aparta, en la medida en que Dios lo permite, las piedras más pesadas que podrían hacernos caer en este camino escarpado que conduce de la tierra al Cielo, donde se sube más de lo que se camina.
Se cuenta en las Crónicas de los Hermanos Menores que san Francisco de Asís, arrebatado en éxtasis, contempló un día un vasto paisaje espiritual. Entre la tierra y el Cielo se alzaban dos grandes escaleras. Una era toda roja, color de sangre y de sacrificio; en su cima estaba Nuestro Señor mismo. La otra era toda blanca, luminosa como la luz del alba; sobre ella Se inclinaba la Virgen María, dulce y maternal.
Los hijos de san Francisco, llenos de ardor, se lanzaron hacia la escalera roja. Querían subir directamente hasta Jesús. Comenzaron a ascender, subieron algunos peldaños, pero la pendiente era tan empinada que resbalaban, perdían el equilibrio y caían pesadamente al suelo. Lo intentaban de nuevo, con mayor esfuerzo aún, y volvían a caer. Pronto, agotados, cubiertos de heridas, estaban a punto de abandonar. El desaliento les arrancaba lágrimas: el Cielo les parecía demasiado alto, la santidad inalcanzable.
Al ver esto, Francisco se llenó de profunda tristeza. Su corazón de padre se volvió hacia el Salvador: «Señor, suplicó, tened piedad de mis hermanos. Quieren llegar hasta Vos, pero no lo consiguen». Entonces Jesús le respondió: «Tus hermanos no proceden como deben para llegar hasta Mí. Diles que vayan primero a Mi Madre, subiendo por la escalera blanca».
Consolado, san Francisco se apresuró a transmitir a sus hermanos el consejo de Cristo. Ellos, levantando los ojos hacia María, imploraron Su ayuda y comenzaron a subir por la escalera blanca. La subida no estaba exenta de esfuerzo: a veces resbalaban, descendían uno o dos peldaños y tenían que recobrar el aliento. Pero se levantaban de nuevo, se confiaban a la Virgen y continuaban. De grado en grado, es decir, de virtud en virtud, de luz en luz, ascendían poco a poco.
Al llegar cerca de la cima, sintieron desfallecer sus fuerzas. El Cielo estaba tan próximo y, sin embargo, parecía que no podrían alcanzarlo. Entonces, con una sola voz, clamaron a María. La Virgen Se inclinó, sonriente, y les tendió la mano. Con gesto maternal, los atrajo hacia Sí, los cubrió con Su manto inmaculado y los presentó a Su Hijo, ante quien hallaron gracia.
Gracias a esta protección materna y poderosa, los hermanos fueron recibidos en el Cielo. Jesús los acogió, entraron en la gloria y repiten a través de los siglos: Vayamos a Jesús por María.
Subir «la escalera blanca» de María es, sencillamente, ir hacia Jesús dejándose guiar por Su Madre. En concreto, significa confiarle cada día la propia vida con una oración sencilla, como el «Ave María», o también: «Oh Señora mía, oh Madre mía, me doy enteramente a Vos; guardadme». Significa tomar la costumbre de ofrecerle nuestras alegrías, nuestras penas y nuestros esfuerzos para que Ella los presente a Jesús. Así avanzaremos de virtud en virtud. Con Ella, la subida sigue siendo exigente, pero ya no es nunca solitaria.