¡O Jesús Crucificado!
Ayudadnos a llevar nuestra cruz
como habéis llevado la Vuestra.
Entre los ejercicios expiatorios, el Vía Crucis es uno de los más conmovedores y saludables.
Fue la propia Virgen María quien nos dio el primer ejemplo de esta devoción.
«Se dice que después de la Ascensión, cuando la Madre de Dios aún vivía en Jerusalén, no dejó de seguir el camino doloroso de Su Hijo y de rociar con Sus lágrimas los lugares donde Él había sufrido. Había medido las distancias paso a paso y Su amor no se cansaba de contemplar este camino de dolor. En Éfeso, lejos de aquellos lugares tan queridos por Su Corazón, no cesó ni un solo día Sus meditaciones sobre la Pasión. Cerca de Su casa había un camino que llevaba a la cima de una colina… A menudo iba allí sola y la seguía en oración, como solía hacer en el camino del Calvario.
Más tarde, la dividió en catorce estaciones, midiendo, según el número de pasos que tantas veces había contado, la distancia entre los distintos lugares donde había tenido lugar algún incidente de la Pasión del Salvador. En cada uno de estos lugares Ella erigió una piedra, o si había un árbol allí, Ella hizo una marca. El camino conducía a un bosque, donde un montículo representaba el Calvario y una pequeña cueva el Santo Sepulcro. Nuestra Santísima Madre seguía este nuevo camino de la Cruz, inmersa en una profunda contemplación. Se detenía en cada una de las estaciones y meditaba en Su corazón el misterioso significado y agradecía al Señor Su amor, derramando lágrimas de compasión.»
(Según la tradición más antigua)