¡O Jesús Crucificado!
Ayudadnos a llevar nuestra cruz
como habéis llevado la Vuestra.
Dios mío, queremos hacer este Vía Crucis con espíritu de reparación y de amor, por las mismas razones que motivaron a Jesús, el Hijo de Dios, a venir Él mismo por este camino de dolor. Él vino para reparar nuestros pecados, para mostrarnos el camino del Cielo, para mostrarnos el camino del verdadero amor.
Jesús mío, queremos seguiros, contemplaros en este camino doloroso. Queremos hacerlo en unión con Vuestra Santísima Madre, que Os acompañó en este camino de dolor que habéis recorrido. Vuestro dolor y tormento fueron Su dolor y Su tormento. Oh Santa Madre Dolorosa, Os pedimos tener a bien grabar en nuestros corazones los sufrimientos de Vuestro Jesús.
Os ofrecemos este Vía Crucis en espíritu de reparación por nuestros numerosos pecados, por los de la Iglesia, por los del mundo entero. Buen Jesús, Os pedimos perdón y misericordia para nosotros y para todos nuestros hermanos y hermanas de la tierra.
I. Jesús es condenado a muerte.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 1° Estación, etc…
Era muy de mañana cuando Jesús compareció ante el gobernador Poncio Pilato. Había sido arrastrado de tribunal en tribunal desde la tarde anterior y durante casi toda la noche. Y en cada uno de estos tribunales, la multitud enfurecida gritaba con odio y desprecio: «¡Crucifícalo! Crucifícalo!» Esta multitud a la que Jesús ha hecho tanto bien, por la que ha multiplicado milagros, bondades y misericordias... Lo quiere muerto. Ahí es donde el orgullo, la infidelidad y el desprecio de la gracia han llevado a estos hombres.
Pilato no tiene la misma opinión. En este Hombre que está de pie ante él, no encuentra nada digno de muerte. El gobernador considera a Jesús inocente, pero por cobardía, Lo va a hacer torturar. «Haré que Le azoten, dice a la multitud, no por ser culpable, sino más bien para calmar su rabia y su odio. Luego Le dejaré libre». Cuando Jesús regresa, molido por los golpes de la flagelación y la coronación de espinas, está irreconocible. Se pueden contar todos Sus huesos, dice el profeta. Pilato Lo presenta a la multitud, diciendo: «He aquí el Hombre», como si dijera: «Tengan piedad de Él!» Pero los judíos, redoblando su furia, gritan: «¡Crucifícalo!» Y Pilato, por cobardía, les entrega al Hijo de Dios. «Hagan como les parezca. Crucifíquenlo si lo quieren».
Jesús mío, al contemplaros en esta estación, Os pedimos que deis un poco de valor a nuestras almas. Somos tan cobardes, ¡tenemos tanto miedo al sufrimiento! Tememos los comentarios de los hombres, tememos cualquier tipo de sufrimiento. Para evitar el sufrimiento, fácilmente llegaríamos hasta dejar que Os crucifiquen... Buen Jesús, grabad Vuestros divinos ejemplos en nuestros corazones. Que Vuestra docilidad al dejaros condenar toque nuestros corazones. Mostradnos la fuerza de esta mansedumbre que acepta el plan de Dios y quiere cumplirlo. Os pedimos que convirtáis nuestros corazones. Os lo pedimos, Jesús, por nosotros y por todos nuestros hermanos y hermanas de la tierra.
II. Jesús es cargado con la Cruz.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 2° Estación, etc…
Tanto para los judíos como para los romanos, la cruz era el suplicio más infame. No sólo era un objeto de tormento extremo, sino también el instrumento elegido para despreciar y envilecer al condenado. Normalmente, todo condenado se acercaba a la cruz con rebeldía. Pero, ¿es posible? ¿Qué es esta escena que se desarrolla ante nuestros ojos? Jesús, que ya ha sufrido tantos tormentos, una terrible flagelación y una cruel coronación de espinas, parece revivir al ver esta cruz. Se acerca a la cruz y la abraza; la aprieta contra Su corazón, como algo deseado, buscado, amado. La carga sobre Sus hombros.
Contemplemos a nuestro Salvador: no es sólo resignación; más que aceptar la cruz, la ama. La abraza contra Sí, todo Su ser exhala amor.
Buen Jesús, al contemplaros cargando con esta cruz, Os pedimos, por medio de Vuestra Santísima Madre, la gracia de amar la cruz. Es con dificultad que nos resignamos a llevar la cruz; apenas la aceptamos. Jesús mío, iluminadnos, tocad nuestros corazones, convertidnos. Haced de nosotros verdaderos cristianos, siguiendo Vuestras huellas, imitando Vuestro ejemplo, queriendo por encima de todo identificarnos con Vos. Queremos amar Vuestra cruz, Jesús, queremos amar la cruz que nos dais.
III. Jesús cae por la primera vez con la Cruz.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 3° Estación, etc…
Jesús ya ha recibido tantos golpes. Y aunque haya deseado tanto la cruz de nuestra salvación, Su cuerpo no puede más... Se desploma sobre las piedras del camino. ¡Qué dolorosa es esta caída de Jesús!
Nosotros, caemos de manera tan irreflexiva. Jesús mío, Os ofendemos tan fácilmente y – desgracia suprema – a menudo casi sin arrepentirnos. Jesús mío, ¡perdonadnos!
Por Vuestra primera caída, Os pedimos, Jesús mío, el don del temor a Dios, el temor de ofenderos. Dadnos esta gracia de sentir pena y dolor cada vez que Os ofendemos, dolor por todo lo que Os desagrada en nosotros. ¿No fue para merecernos este gran don que habéis caído tan dolorosamente? Ah, si tan sólo sintiera tristeza por mis caídas, por mis pecados de todo tipo: soberbia, gula, pereza, sensualidad, egoísmo, jactancia, y toda la larga lista.
Os ruego, Jesús mío, por mí, por todos nuestros hermanos y hermanas, dadnos este dolor de haberos ofendido.
Pero, sobre todo, dadnos la humildad de reconocernos pecadores. Que este dolor no nos desanime. Jesús mío, si aceptáis caer bajo el peso de la cruz, es porque sabéis lo débiles que somos. Os pedimos la gracia de la humildad, porque dais Vuestra gracia a los humildes. El que se humilla de verdad recibe el socorro de Dios, y puede entonces levantarse de sus faltas.
IV. Jesús encuentra a Su afligida Madre.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 4° Estación, etc…
¿Existe un momento más doloroso en la historia de la humanidad, más difícil de describir que el encuentro de Jesús y María en este momento? Entre Ellos no se intercambia ni una palabra. En este silencio intenso en el que se suspende el tiempo, cada uno percibe en el otro un sufrimiento infinito, inconmensurable, un sufrimiento que no se puede expresar, pero que la mirada de cada Uno comprende en el Otro. A través de Su mirada, Jesús parece decir a Su Madre: «Este camino de dolor, lo quiero. Para eso he venido». Y Su Santa Madre responde: «Lo quiero contigo, Hijo Mío». Están verdaderamente al unísono.
Un día, mientras Jesús hablaba a la multitud, alguien felicitó a La que tenía el honor de ser Su Madre. Pero Jesús replicó: ¿Quién es Mi Madre?... El que hace la voluntad de Mi Padre que está en los Cielos, ése es Mi Madre! En esta cuarta estación, es verdaderamente la Madre de Jesús, Verbo de Dios, La que contemplamos. Aquí está, en toda la fuerza de la palabra. En todos los puntos, María hace la voluntad de Dios. Ella quiere lo que Dios quiere. Incluso en este sufrimiento extremo, quiere lo que Dios quiere.
Oh Santa Madre Dolorosa, Os pedimos encarecidamente de convertir nuestros corazones. Que nuestro corazón quiera lo que Dios quiere. Que esté dispuesto a seguir a Jesús, a seguir Su voluntad, a seguir este camino de dolor.
V. Simón el Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 5° Estación, etc…
Jesús está extenuado. Sus verdugos temen que no llegue a la cima del Calvario. Entonces requisan a Simón y le obligan a ayudar a Jesús.
Simón está lejos de imaginarse que el Hombre al que le pedían que ayudara era Dios mismo. Realmente no Se parece al Dios que venera, al Dios que adora en su corazón. ¡Jesús ya ni siquiera parece un hombre! Requerido por la fuerza, es murmurando que Simón, contrariado, y posiblemente rebelado, se acerca para ayudar a Jesús a llevar la cruz.
Pero, ¡qué milagro! Estando junto a Jesús, Simón ve la virtud de este Hombre reducido a nada. Al ver Su mansedumbre, Su humildad, Su aceptación de los desprecios y de todos los males y tormentos sin una queja ni una protesta... Simón se conmueve. Con la ayuda de la gracia de Dios, se quedó completamente transformado interiormente. Cuando se le pedirá que deje la cruz a Jesús, Simón será un hombre totalmente distinto. Se convertirá en un santo.
Jesús mío, dadnos la gracia de miraros siempre en nuestros sufrimientos. Dadnos la gracia de veros en las contrariedades y pruebas, cuando se nos presenta una cruz. Sois Vos, entonces, quien nos pide caminar a Vuestro lado. Como habéis hecho con Simón, cambiad nuestro corazón contrariado, murmurador, tal vez incluso rebelde. Del mismo modo, Jesús mío, cuando nos visitáis, escondido en nuestro prójimo que a veces nos molesta y nos ofende, dadnos la gracia de reconoceros en él. Dadnos la gracia de estar al lado de nuestro prójimo como Simón lo estuvo de Vos.
VI. La Verónica limpia el rostro de Jesús.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 6° Estación, etc…
En este concierto general de odio, malicia y rabia, aparece esta humilde mujer, Verónica, escondida en medio de la multitud. Está del lado de Jesús y quiere demostrárselo. Quiere consolarlo. Esta pobre humana quiere, en cierto modo, dar fuerzas a Jesús, confortarlo.
Verónica no tiene ningún respeto humano. No le importa lo que los hombres piensen de ella, estos hombres rebeldes que están dispuestos -ella puede verlo- a las maldades más extremas. Tampoco es para parecer virtuosa, para quedar bien. ¡No!, solo el amor la impulsa, la guía, la hace actuar. Se abre paso entre la multitud y avanza hacia Jesús; ya Lo reconforta con su benévola presencia. Con un lienzo, Le enjuga el rostro, como para quitarle algo de Sus infinitos tormentos. Y Jesús queda tan conmovido, tan reconfortado, que deja impresa Su imagen en su lienzo y en su alma. ¡Qué hermoso regalo! Es la recompensa de su inmenso amor a Dios.
Que seamos esa alma que consuela a Jesús, que hace el bien sólo por Él; no por miedo, no para conseguir la alabanza de los hombres y ser bien considerado, ¡no! Sino sólo por Jesús.
Jesús mío, por los méritos de Vuestra Pasión, dadnos esta gracia suprema de hacer las cosas por amor a Vos, sin ninguna otra consideración. Que ésta sea la intención profunda y única de nuestros corazones. Si ésta es verdaderamente nuestra intención, hermanos y hermanas míos, seremos recompensados como Verónica. Jesús imprimirá Su imagen en nosotros; la llevaremos dentro. ¡Oh, qué gran regalo!
VII. Jesús cae por la segunda vez con la Cruz.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 7° Estación, etc…
Para nosotros, pobres criaturas descaídas, caer es fácil de comprender, porque la mayoría de nuestras caídas provienen de nuestra negligencia, de nuestra falta de amor y de celo, de nuestro egoísmo, de nuestra cobardía... Pero, ¿cómo es posible que nuestro Salvador caiga y vuelva a caer? Él, el Dios fuerte, Él que sostiene todo el universo, que nos posee a todos?
Es para reparar nuestras muchas caídas que Jesús quiso caer. Cada vez que tropezaba, en lugar de apiadarse del sufrimiento extremo que Le abruma, los verdugos y la multitud vuelven a mofarse de Él.
Jesús quiso caer ante esos hombres groseros. Quiso aceptar estas burlas para reparar una y otra vez nuestro orgullo. Seguimos apegados a nuestros pecados y, sin embargo, quisiéramos ser considerados de manera favorable por quienes nos rodean; quisiéramos que nos vieran como inocentes, virtuosos y, si fuera posible, ¡incluso santos! Somos culpables, lo sabemos, pero tememos el juicio de los hombres. El más pequeño juicio de nuestro prójimo nos hace sufrir mucho más que el pecado. La sola idea de que nuestro prójimo pueda sospechar algo negativo de nosotros nos trastorna, nos agita y nos atormenta. Contemplemos a Jesús en medio de esta multitud que se burla de Él, que le juzga a cada paso. A cada caída, esta gente aumenta sus desprecios, sus insultos y sus injurias.
Jesús mío, por esta segunda caída, Os pedimos vencer nuestro terrible orgullo que nos hace temer tanto el juicio de los hombres. Que nunca trabajemos para ganarnos la alabanza de los hombres, su buena opinión. ¿No habéis caído para obtenernos esta gracia? Os la pedimos por medio de Vuestra Santísima Madre. Sobre todo, Jesús mío, Os pedimos la gracia de amar el desprecio y a quienes nos desprecian.
VIII. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 8° Estación, etc…
He aquí que otras mujeres, llenas de amor, vienen a consolar a Jesús. Sin embargo, es Jesús – al que están martirizando, al que van a crucificar dentro de unos instantes – quien las consuela y las reconforta. Se olvida completamente de Sí mismo.
¿Y qué les dice a estas mujeres? «No lloren por Mí. No, Yo no soy quien es digno de lástima. No lloren por Mí. Estoy llevando a cabo Mi plan, Mi plan de amor que concebí hace tanto tiempo. Vengo a reparar sus pecados con esta demostración de amor infinito, de amor extremo. Lloren, más bien, por ustedes y por sus hijos. ¡Oh sí, lloren! Lloren por sus pecados, sus ingratitudes, sus distracciones; lloren por los pecados de sus hijos, lloren porque, a pesar de Mi Amor infinito, tantos de sus hijos están perdidos. No lloren por el Amor, lloren por la ingratitud».
Jesús mío, con esta estación, Os pedimos el favor insigne de llorar nuestras ingratitudes y nuestros pecados, y los de nuestros hijos. Para lograrlo mejor, impregnadnos del amor que tan elocuentemente nos habéis manifestado en esta Vía Dolorosa. Y como las lágrimas de arrepentimiento son el principio de la conversión, Jesús mío, multiplicadlas en nuestro corazón.
IX. Jesús cae por tercera vez con la Cruz.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 9° Estación, etc…
Jesús cae, cae de nuevo... y vuelve a caer. Parece que nunca llegará a la cima del Calvario. Viéndole en esta caída, se diría que va a morir en el acto, que todo ha terminado... Pero cuando el ser humano está completamente agotado de energía, aún le queda el amor. En Jesús, era el Amor infinito. Este amor Le dio nuevas fuerzas. Gracias a Su amor, Se levanta de nuevo, seguirá hasta el final. ¡Oh, la fuerza del amor!
Nosotros, los humanos, fácilmente decimos: «Ah, se acabó, ya no puedo más. Dios mío, no me pidáis más. Estoy al límite, no puedo más, no aguanto más. Pedís demasiado, Dios mío. Así razona mi alma, mi corazón que carece de amor para seguir a Jesús, mi corazón egoísta, que aún y siempre quiere disfrutar de esta tierra.
Oh Jesús mío, a través de esta tercera caída, no nos cansamos de pediros, de volver a pediros, de pedir una y otra vez Vuestro Amor infinito, para nosotros y para todos nuestros hermanos y hermanas. Que Vuestro beneplácito y Vuestra voluntad sean los únicos guías de nuestra vida.
Jesús mío, dadnos Vuestro amor que nos permita seguiros hasta el Calvario, a pesar de todos los obstáculos, a pesar de las incapacidades, de los fracasos, de las caídas y recaídas, a pesar de todos los demonios y de las fuerzas del mal conjuradas para detenernos.
X. Jesús es despojado de Sus vestiduras.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 10° Estación, etc…
Hemos llegado a la cima del Calvario; nos acercamos a la gran victoria de Jesús. Contemplemos el despojo de nuestro Salvador. Después de la flagelación, Le habían entregado Su túnica interior; ahora está toda pegada a Su carne desgarrada. Los verdugos se la arrancan violentamente. ¡Qué dolor!
Es para darnos una lección que Jesús permitió que Sus verdugos Lo despojaran tan violentamente. Con este tormento inaudito, quiere mostrarnos que, sí, el despojo, el desprendimiento, duele, pero debe hacerse, sin discusión, sin vacilación, por así decirlo, con violencia. El reino de los cielos sufre violencia; sólo los violentos lo arrebatan. Para seguir a nuestro Salvador hasta el final, el despojo, el desprendimiento universal son necesarios. Desprendimiento significa no aferrarse a nada en esta tierra, deshacerse de todo. Sólo hablar de ello nos estremece el corazón, el alma, nuestro ser entero. Quien no renuncia a todo no puede ser Mi discípulo. En nuestra indolencia, en nuestra autocomplacencia, mantenemos nuestros apegos, nuestros caprichos, nuestras ventajas, incluso nuestros pecados.
Puesto que fue para obtenernos la gracia por la que habéis sufrido estos tormentos, Os pedimos, Jesús mío, esta gracia del desprendimiento universal. Que hagamos este acto violento que cuesta y duele, para ser totalmente Vuestro. Oh santa Madre, Os rogamos, interceded por nosotros, obtenednos este insigne favor. Apartad de nuestros corazones este gran obstáculo: el amor a los apegos.
XI. Jesús es clavado en la Cruz.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 11° Estación, etc…
Los verdugos, con burla y groseramente, ordenan a Jesús que Se recueste en la cruz: Él obedece. Le piden las manos para clavarlas: Jesús obedece. Le piden los pies: Él obedece. He bajado del cielo, no para hacer Mi voluntad – dice – sino la voluntad del que Me ha enviado. Se entrega para ser crucificado en obediencia a Dios, Su Padre.
También nosotros queremos obedecer a Dios. Contemplemos el ejemplo de Jesús, nuestro divino Modelo. Hasta ahí hemos de llegar en nuestro desprendimiento de todas las cosas, pero sobre todo de nuestra voluntad, para querer todo lo que Dios quiere. La voluntad de Dios se nos manifiesta a menudo por medio de pobres mortales que tienen toda clase de modales, que son rudos y groseros; son nuestros compañeros, nuestros superiores, nuestros súbditos, nuestro prójimo... Debemos obedecer en unión con Jesús, que obedeció hasta este punto. Ése es el sacrificio que Dios exige. La santidad es sacrificarse, es inmolar todo nuestro ser a Dios, y especialmente nuestra voluntad.
Con esta estación, Os pedimos, Jesús, la gracia de ser almas obedientes. Yo les he dado ejemplo para que hagan como Yo he hecho, nos dice. Nos perdimos por la desobediencia. Por eso Jesús vino a realizar nuestra Redención en la obediencia. Él Se hizo obediente hasta la muerte en la cruz. Jesús mío, por nosotros mismos y por todos nuestros hermanos y hermanas de la tierra, pedimos esta gracia de obedecer para alcanzar la salvación.
XII. Jesús muere en la Cruz para nuestra salvación.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 12° Estación, etc…
Durante todo el doloroso trayecto, Jesús no dijo ni una palabra, excepto a las santas mujeres. Ahora que está crucificado y a punto de morir, pronuncia siete palabras solemnes.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Pronunció esta primera palabra después de todos los tormentos que Le infligieron – los golpes, los latigazos, la crucifixión... – y mientras la multitud al pie de la cruz seguía blasfemando contra Él, despreciándole y ridiculizándole, diciendo: «¡Baja de la cruz si de verdad eres el Mesías!» Jesús, que realmente es el Mesías, el Hijo de Dios, ¡hubiera podido montarles todo un espectáculo! A los humanos nos encantan los espectáculos. Estamos atentos a la más mínima oportunidad de mostrar nuestra fuerza física, espiritual o intelectual. Queremos lucirnos, destacar. Jesús responde, cuando Le provocan de esta manera: Padre, perdonadlos, porque no saben lo que hacen. En vez de hacer alarde de Su fuerza y aniquilarnos a nosotros, los malvados, ruega a Su Padre que nos perdone.
Al pie de Vuestra cruz en el Calvario, Os pedimos, Jesús mío, que esta oración Vuestra no sea en vano para nuestras almas. La multitud orgullosa no escucha Vuestra oración de perdón. El alma humilde la oye en su corazón y, llena de arrepentimiento, pide perdón. Y porque se arrepiente y se humilla, recibe este perdón.
Los ladrones crucificados con Jesús también Le insultaban. Pero el buen ladrón enmendando su conducta dice a su compañero: «Nosotros merecemos estos tormentos, pero Él no ha hecho nada malo». Luego, volviéndose a Jesús, Le dice: «Acordaos de mí cuando entréis en Vuestro Reino». Jesús le contesta: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Oh, qué hermosa promesa! Este criminal, este bandido culpable es el único en el Calvario en proclamar a Jesús por lo que es. Proclama que Su Reino no es de aquí.
Jesús mío, Os pedimos la gracia de no avergonzarnos nunca de Vos, de defenderos siempre. Que cuando el sufrimiento nos visite, reconozcamos que somos culpables y que lo merecemos. Jesús mío, acordaos de nosotros como Os habéis acordado del buen ladrón.
En el momento de dejar este mundo, en este sufrimiento extremo, Jesús olvida Su propio dolor. Conoce la gran necesidad en qué nos encontramos. En la persona de San Juan, nos confía a Su Santísima Madre, la Virgen María, que permanece de pie junto a la cruz: Mujer, ahí tenéis a Vuestro hijo. «Aquí tenéis a Vuestros hijos. Cuidad de ellos. Necesitan una Madre como Vos».
Luego dijo a San Juan: Aquí tienes a tu Madre. Oh sí, buena Madre, Os necesitamos. Recordad que fue en la cruz donde Jesús Os entregó a nosotros como Madre nuestra. Dejadnos que Os proclamemos siempre nuestra Madre. Para seguir a Jesús en este camino doloroso, para asemejarnos a Él, Os necesitamos.
Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me habéis abandonado? Jesús es igual a Dios Su Padre, pero el Verbo Encarnado, como hombre, Se sintió abandonado. En Su extrema necesidad, cuando más necesita de la ayuda divina, Jesús Se siente abandonado, no sólo por los hombres, ¡sino incluso por Dios Su Padre! ¿Quién podrá comprender jamás este inmenso e infinito dolor? Oh buena Madre, Vos fuisteis testigo de este sufrimiento extremo. Esta palabra de Jesús Os traspasó, habéis sentido en Vuestro corazón este abandono de Vuestro Hijo.
Oh Jesús mío, es ahora, clavado en esta cruz, cuando sois más poderoso. Vuestro Padre, que parece haberos abandonado, ¡oh! cuán atento está. Nunca ha estado más atento a Su Hijo que en este momento. Y lo mismo sucede con nosotros: a veces pensamos que estamos abandonados. Pero éste es a menudo el momento en que Dios está más atento a nosotros.
Tengo sed. Sabiendo que Jesús Se sentía abandonado, comprendemos de qué sed se trata. Jesús necesitaba una presencia, necesitaba amor. Oh Jesús mío, tocad nuestros corazones. Concedednos la gracia de olvidarnos de nosotros mismos y de daros lo que desea Vuestro Corazón, de saciar Vuestra sed de amor, Vuestra sed de verdadero servicio. Habéis querido sufrir este tormento extremo para concedernos esta gracia.
Todo está consumado. Todo lo que el Padre Me mandó, Yo lo he hecho. Esta es otra gracia que Os pedimos, Jesús mío. Que cada día podamos decir estas palabras: «Hoy, todo está consumado. Lo que Dios quería de mí hoy, lo he cumplido.»
Y que terminemos nuestra vida diciendo como Vos: Padre, en Vuestras manos encomiendo Mi espíritu. Que en el momento de la muerte, nuestro ser, nuestro espíritu, nuestra alma sean totalmente dirigidos hacia Vos, Dios mío. Que en ese momento supremo, no haya absolutamente nada que distraiga nuestra alma de Dios. Oh, gracia entre todas las gracias: morir completamente desprendido de todo, apegado sólo a Dios.
Jesús crucificado, Os pedimos para nosotros, para todos nuestros hermanos en la Iglesia y en la tierra, para todas las almas de buena voluntad, la gracia del mayor desprendimiento posible durante nuestra vida, pero sobre todo en el momento de nuestra muerte.
XIII. Jesús es bajado de la Cruz y entregado a Su Madre.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 13° Estación, etc…
Jesús acaba de realizar la Redención, la obra de nuestra salvación. Pero María permanece. Contemplémosla al pie de la cruz. Su Hijo es desatado, Le quitan los clavos... Qué inmenso sufrimiento cuando recibe en Sus brazos el cadáver de Su Jesús, cuando contempla todas Sus heridas. No queda nada de la belleza de Jesús. La víctima está completamente consumida; la lanza del centurión Le ha drenado las últimas gotas de Su sangre divina. Jesús Se ha entregado por completo. Y María, sosteniéndole en Sus brazos, contempla Su cuerpo lívido.
¡Qué nobleza en María! Es como si, a la muerte de Jesús, Se vuelve aún más Corredentora. Siguiendo las huellas de Su Hijo, permanece en la tierra para seguir sufriendo, un sufrimiento «infinito»... A Su vez, Ella nos muestra el camino.
Jesús bajó a la tierra para realizar la Redención, pero también para fundar Su Iglesia. En este día de Viernes Santo, esa Iglesia casi ha desaparecido por completo. Los hombres elegidos por Jesús para establecerla han huido. El primero de ellos Le negó: «¡No conozco a este hombre! Los demás, salvo San Juan, han desaparecido.
Pero María está allí. Es al pie de la cruz que Ella es de verdad la Madre de la Salvación. María Se queda para establecer la Iglesia, para reunir a estos pocos hombres temerosos, miedosos hasta el extremo, aterrorizados, presas del pánico, espantados. Suavemente, con amor de Madre, les recuerda lo que Jesús les había enseñado, los reúne en oración, calma su terror.
Oh Madre de la Salvación, Madre de la Iglesia, rogad por nosotros, pobres cobardes que somos, pobres miedosos que tanto nos asustamos de la cruz, de la tormenta, de los insultos, de los desprecios, de los golpes. Rogad por nosotros y por todos los miembros de la Iglesia.
XIV. Jesús es colocado en el sepulcro.
Oh Santa Madre de los Dolores! Imprimid en mi pobre corazón las llagas de mi dulce Salvador.
Hacemos una genuflexión ante la representación de la estación, diciendo:
Se anuncia la Estación: 14° Estación, etc…
He aquí el sepulcro, he aquí el fin. Los enemigos de Jesús – los que querían acabar con este supuesto Profeta, con este Hombre que llegaba a hacerse pasar por Dios – están convencidos de ello. Estaban seguros de haber triunfado, de haber vencido a Jesús a fuerza de crueldad, malicia, mentiras e hipocresía.
Sin embargo, habían visto las señales. Habían visto los innumerables prodigios realizados por Jesús. Algunos de los milagros eran innegables, como la curación del ciego de nacimiento. Pero este ciego que recobró la vista aumentó en ellos en cierta manera su propia ceguera, su orgullo. Y el orgullo los endureció, los cegó más y más. Cayeron en una oscuridad cada vez más profunda hasta que odiaron a muerte a Jesús.
Pero, al igual que Satanás, ignoran cómo Dios lleva a cabo Sus obras, Sus proyectos. Primero los hace pasar por la sepultura, por la pérdida total – la pérdida aparente – por la muerte. Si el grano de trigo arrojado a la tierra no muere, queda solo y estéril; pero si muere, lleva fruto abundante. Así actúa Dios. Incluso creó la naturaleza de esta manera para mejor convencernos de esta gran verdad. Hasta el día de hoy, Satanás y los enemigos de Dios ignoran Su modo divino.
Jesús mío, haced que aceptemos Vuestras operaciones divinas. Dadnos una gracia activa para que nuestra vida y nuestro pensamiento se conformen a ellas. Queremos morir con Vos, queremos ser sepultados con Vos. Queremos hacer lo que Vos queráis. Y Vos, Madre buena, Vos misma – con José de Arimatea, Nicodemo, San Juan y algunas mujeres – habéis depositado el cuerpo de Vuestro Jesús en el sepulcro, bien sabéis que tenemos que pasar por esto. Buena Madre, alcanzadnos la gracia de aceptar seguir a Jesús hasta el Calvario y hasta el sepulcro. Creemos, buena Madre, que éste es el camino enseñado por Vuestro Hijo, que dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Jesús en el sepulcro es la VIDA. Lo veremos pronto en la Pascua.
Para el Padre de la Cristiandad: