Dios es para nosotros un Padre lleno de bondad. Para ayudarnos a comprender sus mandamientos y avanzar con seguridad hacia la patria del Cielo, nos da la Iglesia, es decir, el Papa y los obispos, con los sacerdotes que participan en su misión. Debemos escuchar a la Iglesia y obedecerla como escucharíamos a Dios mismo, pues Cristo dijo a sus Apóstoles y, por medio de ellos, a todos sus sucesores: «Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; quien a vosotros desprecia, a Mí me desprecia».
La Iglesia propone a sus hijos algunos preceptos principales, que constituyen como el mínimo indispensable de la vida cristiana. Se los llama los mandamientos de la Iglesia, y se enumeran así:
1º Asistir a la santa Misa los domingos y fiestas de precepto.
2º Confesar todos los pecados al menos una vez al año.
3º Comulgar al menos una vez al año, durante el tiempo pascual.
4º Guardar el ayuno y la abstinencia en los tiempos establecidos.
5º Ayudar a la Iglesia en sus necesidades.
Además de ordenar la asistencia a la Misa dominical, la Iglesia añade una prohibición: la de dedicarse ese día a trabajos corporales pesados o excesivamente prolongados. El día del Señor debe ser, en lo posible, un tiempo de descanso para el cuerpo tras las fatigas de la semana.
Pero este descanso no es ociosidad: busca dar su lugar al alma, para que pueda recibir más ampliamente las gracias de Dios mediante la oración, la Misa, los sacramentos y las buenas obras, y así fortalecerse espiritualmente para la semana que comienza.
He aquí algunas maneras concretas de santificar el domingo en familia, según el espíritu de la Iglesia:
1º Participar en la Misa con atención, llegando a tiempo, orando antes y permaneciendo unos momentos en acción de gracias después.
2º Dedicar más tiempo a la oración: lectura del Evangelio o de la vida de los santos, rezo del rosario, visita al Santísimo Sacramento.
3º Vivir momentos de paz y fraternidad: comidas familiares sin prisa, paseos, conversaciones sencillas que fortalezcan la amistad y la unidad.
4º Practicar la caridad: visitar a una persona sola o enferma, ayudar a quien lo necesite, tener una atención especial hacia los más pobres.
5º Dar al alma lo que a menudo se le niega durante la semana: silencio, buena lectura cristiana, reflexión sobre la propia vida a la luz de Dios.
Un día, con ocasión de la fiesta de Pascua, Jesús sube al Templo de Jerusalén. Pero apenas entra en el atrio, descubre que el lugar santo se ha convertido en un mercado: mesas alineadas, ruido de transacciones, gritos de vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y el tintinear de las monedas de los cambistas.
Entonces lo invade un santo celo. Con unas cuerdas hace como un látigo, vuelca las mesas, esparce el dinero, expulsa a los vendedores y a los animales, y no permite que nadie atraviese el Templo con mercancías. Al mismo tiempo, levanta la voz: «Mi casa será llamada casa de oración, y vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones».
El celo por todo lo que concierne al culto de Dios arde continuamente en el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Ante todo, quiere que el nombre de su Padre sea glorificado y que su Casa permanezca como lugar de silencio, oración y encuentro con Dios.
Felipe II, rey de España, asistía un domingo a la Misa en la capilla real. En medio del recogimiento, advirtió a dos cortesanos que conversaban y reían entre sí, como si se hallaran en un simple espectáculo.
Terminada la celebración, el rey los mandó llamar inmediatamente. Con el rostro severo, les dijo con firmeza: «¿Es así, señores, como asistís a la Misa? Tan malos cristianos no pueden ser sino muy malos servidores. Salid de aquí: os expulso, y que jamás vuelva a veros en mi palacio».
La Iglesia pide a cada cristiano que se confiese al menos una vez al año. Este precepto establece un mínimo, no un ideal de vida. Conviene, por tanto, considerar la confesión anual como un límite extremo que nunca debería superarse sin exponerse gravemente al peligro de perder el alma. Nadie pensaría en pasar un mes entero sin lavarse. ¿Es digno, entonces, dejar transcurrir todo un año sin «purificar» el alma, sobre todo cuando esta puede, en cualquier momento, ser llamada a presentarse ante Dios?
Para conservar un alma viva y fiel, es prudente no contentarse con la confesión anual. Una confesión regular, por ejemplo mensual, ayuda a vigilarse, a combatir más eficazmente los propios defectos y a permitir que la gracia de Dios actúe en profundidad. La confesión frecuente es, sin duda, uno de los grandes medios para vivir santamente, corregirse y progresar en el amor de Dios. Es el momento de renovar resoluciones concretas, de elegir un punto preciso que corregir y de reavivar los esfuerzos por orar mejor, practicar la paciencia, la caridad, la penitencia, etc.
La comunión pascual es un precepto por el cual la Iglesia pide a cada fiel recibir la santa Comunión al menos una vez al año durante el tiempo de Pascua, generalmente en su propia parroquia. Con ello quiere recordar que la Eucaristía no es un elemento accesorio de la vida cristiana, sino un alimento espiritual indispensable, íntimamente unido al misterio de la muerte y resurrección de Cristo que se celebra en Pascua.
Este precepto señala, una vez más, un mínimo: fija el «límite último» para no apartarse de la fuente de la gracia, pero no impide –muy al contrario– la comunión frecuente, que la Iglesia recomienda a todos los que están en estado de gracia y se preparan con el debido respeto.
Si la Iglesia nos pide comulgar al menos una vez al año, en realidad nos exhorta a acercarnos mucho más a menudo a la santa Mesa. La comunión frecuente alimenta en nosotros la vida de la gracia, fortalece nuestra fe, nos hace más firmes frente a la tentación y más fieles en el cumplimiento del deber cotidiano.
Cada vez que recibimos a Jesús con un corazón puro y recogido, Él nos transforma interiormente, configurándonos poco a poco a su imagen. Así, en lugar de acudir a Él solo en el tiempo pascual por mera obligación, hacemos de la comunión regular –al menos cada domingo, y más frecuentemente si es posible– un impulso de amor y un encuentro vivo con Aquel que es «el Pan de vida».
Santiago tiene seis años. Sus rizos rubios enmarcan un rostro serio y dulce. Asiste al jardín de infancia de una pequeña ciudad a orillas del Marne, donde las barcazas se deslizan lentamente y donde, cada domingo, se oye la campana de la iglesia llamar a la Misa.
Un sábado por la noche, después de la cena, el pequeño Santiago se sube a las rodillas de su padre. Se acurruca contra él, más cariñoso que de costumbre, le rodea el cuello con sus bracitos y, tras un breve silencio, se atreve a decir:
«Papá, quisiera pedirte algo. ¿Me lo concederás?»
El padre sonríe, algo desconfiado:
«Depende, Santiaguito, de lo que me pidas».
El niño continúa con ingenua seguridad:
«Pues… Santiaguito quisiera que su papá saliera mañana domingo con él».
El padre, pensando en un paseo, responde sin reflexionar demasiado:
«Concedido, hijo. Pero ¿adónde quieres que vayamos?»
Entonces Santiago, con una seriedad nueva:
«A la iglesia, papá».
El padre se sobresalta:
«¿Cómo? ¿A la iglesia?»
«Sí, papá. La señorita que nos enseña el catecismo ha dicho que los que no van a Misa los domingos serán castigados por el buen Dios y que irán al infierno. Yo no quiero que tú vayas al infierno, papá. No quiero separarme nunca de ti, porque te quiero mucho. Por eso tienes que venir conmigo a la iglesia, para ir al Cielo conmigo».
Las palabras caen con sencillez, sin énfasis, pero atraviesan el corazón del padre como una flecha. Ha prometido; no decepcionará a su querido hijo. Al día siguiente, algo de mal humor y un poco avergonzado, acompaña a Santiago a la iglesia. Al principio permanece de pie, al fondo, con los brazos cruzados; pero poco a poco las palabras de la Misa lo alcanzan y ablandan su corazón. Reflexiona, se arrodilla, ora.
Desde aquel día, para gran alegría de Santiago, no dejó pasar un solo domingo sin asistir a la Misa.
El quinto mandamiento de la Iglesia nos recuerda que la vida cristiana no está hecha de comodidades ni de placeres. Por medio de la Cuaresma, los días de ayuno, de abstinencia y los demás tiempos de penitencia, la Iglesia nos invita a tomar en serio la palabra de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y Me siga».
La penitencia no es algo negativo, sino un esfuerzo libre para amar más: renunciar a algo legítimo, ofrecer un sacrificio oculto, privarse voluntariamente para compartir, aceptar con paciencia una contrariedad, para demostrar a Dios que se le ama por encima de todo. Así, uniendo estas pequeñas mortificaciones al sacrificio de Cristo, purificamos el corazón, reparamos nuestras faltas y abrimos más ampliamente el alma a la gracia.
Esto significa sostener a la Iglesia de manera concreta, según las propias posibilidades:
mediante donaciones (colectas, ofrendas, contribuciones regulares)
mediante el servicio (don de tiempo, de capacidades, compromiso en la parroquia)
mediante la oración por los sacerdotes, los misioneros, las comunidades y los fieles.
Es más bien un gesto de amor que una obligación material. La Iglesia es nuestra madre en la fe, y ayudarla es participar en la misión de Cristo. Una pequeña ayuda, dada con gran corazón, cuenta mucho a los ojos de Dios. No estás llamado a dar mucho, sino a dar con alegría, según tus posibilidades, con confianza y generosidad.
En La Salette (1846), la Santísima Virgen aparece llorando, lamentando la indiferencia hacia Dios y llamando a sus hijos a la conversión mediante la oración fiel y la penitencia generosa, para reparar los pecados y evitar grandes castigos. Insiste en la oración diaria, aunque sea breve, y en la aceptación de los sufrimientos ofrecidos en espíritu de reparación, como camino de reconciliación con su Hijo.
En Lourdes (1858), María dirige a Bernardita esta invitación: «¡Penitencia, penitencia, penitencia! Rezad a Dios por los pecadores». Pide la oración del rosario y actos sencillos de penitencia (rezar de rodillas, besar la tierra, pequeñas mortificaciones) por la conversión de las almas. No promete la felicidad en esta tierra, sino en la otra vida.
En Fátima (1917), la Santísima Virgen pide rezar cada día el rosario, ofrecer sacrificios y penitencias por la conversión de los pecadores y en reparación de las ofensas hechas a Dios y contra su Corazón Inmaculado. Explica que la primera penitencia consiste en cumplir fielmente los deberes del propio estado y observar la ley de Dios, prometiendo misericordia y paz a quienes respondan a este llamado de oración y reparación.
En Garabandal (1961-1965), la Virgen viene a recordar con fuerza la urgencia de la oración y de la penitencia, en continuidad con La Salette, Lourdes y Fátima. Pide rezar mucho, especialmente por los sacerdotes, y ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores y la reparación de las ofensas hechas a Dios. Advierte que, si no hay conversión, vendrán grandes pruebas para la Iglesia y el mundo, pero recuerda que la misericordia de Dios está pronta a manifestarse si sus hijos responden a este llamado de oración, penitencia y fidelidad a Cristo.
En los dos últimos siglos, la Santísima Virgen ha multiplicado sus apariciones, pidiendo en todas partes oración y penitencia. Sería demasiado largo relatarlas aquí.