Lección 22 – Los mandamientos de Dios (continuación)

El octavo mandamiento es este:

No levantarás falso testimonio, ni mentirás.

 

Este mandamiento prohíbe el falso testimonio, la calumnia, la maledicencia, los juicios temerarios y la mentira.

 

Falso testimonio

Consiste en afirmar, en un contexto de justicia (por ejemplo, bajo juramento ante un tribunal), algo contrario a la verdad, con el fin de perjudicar a alguien, acusándolo injustamente o encubriendo a un culpable.

 

Calumnia

Consiste en atribuir a alguien faltas o defectos que no tiene, o en exagerarlos, dañando injustamente su reputación ante los demás.

 

murmuración (detracción)

Consiste en revelar, sin necesidad, los defectos o faltas reales de una persona a quienes no los conocían, disminuyendo así injustamente su estima y su honor.

 

Juicio temerario

Consiste en pensar mal del prójimo, tener por cierta una falta moral sin fundamento suficiente, basándose únicamente en suposiciones o impresiones.

 

Mentira

Consiste en decir voluntariamente lo contrario de la verdad, con la intención de engañar a quien escucha. Toda palabra que altera la verdad para inducir a error es mentira. Ahora bien, Dios, que es la Verdad misma, aborrece la mentira. Quienes se habitúan a ella suelen sufrir su castigo ya en esta vida, incluso antes de tener que dar cuenta, en la otra, de todas sus palabras.

Un testigo de ultratumba

Uno de los hechos mejor atestiguados en la Iglesia de Polonia es el que ocurrió en el año 1070 con san Estanislao, obispo de Cracovia. Boleslao, príncipe impío y cruel, ocupaba entonces el trono y perseguía al santo por todos los medios a su alcance. Incitó contra él a los herederos de un tal Pedro Milés, fallecido hacía tres años, que había dejado una propiedad a la Iglesia. Los herederos, seguros de contar con apoyo, entablaron un proceso contra el santo; y como todos los testigos habían sido sobornados o intimidados, el obispo fue condenado a restituir la propiedad en litigio.

 

Entonces, viendo que la justicia de los hombres le faltaba, apeló con audacia a la justicia de Dios y prometió hacer comparecer como testigo a aquel que reposaba en el sepulcro desde hacía tres años. Su palabra fue acogida con burlas y risas groseras. Pero, después de tres días de ayuno y de solemnes súplicas, el obispo, acompañado de todo el clero, se dirigió a la tumba de Pedro Milés y mandó abrirla. Como era de esperar, no se encontraron más que huesos reducidos a polvo, y ya las carcajadas de la incredulidad triunfante resonaban por todas partes, cuando el santo, en nombre de Aquel que es la Resurrección y la Vida, ordenó al muerto que se levantara.

 

De pronto, aquellos huesos se unieron, recobraron firmeza, se cubrieron de carne, y ante la mirada atónita de todo un pueblo, el difunto, tomando de la mano al santo obispo, compareció ante Boleslao y confirmó la verdad de la donación que había hecho.

 

Así quedó confundida la iniquidad que ya se creía vencedora. Una vez prestado su testimonio, san Estanislao preguntó al resucitado si prefería volver al sepulcro o vivir aún algunos años. Este respondió: «A causa de mis numerosos pecados, estoy en el purgatorio, donde sufro mucho. Sin embargo, prefiero morir de nuevo antes que permanecer en una vida miserable y tan peligrosa. –¿Pero no podrías hacer penitencia de tus faltas y evitar así caer de nuevo en los tormentos de los que te he librado? –Es cierto, pero también podría perderme y condenarme para siempre. Prefiero, pues, terminar mi pena antes que volver a la vida con la incertidumbre de agradar a Dios y alcanzar mi salvación. La mayor gracia que podéis concederme, oh padre santísimo, es rogar al Señor que acorte mis sufrimientos y me reciba pronto entre los elegidos. –Así lo haré», respondió el obispo.

 

Entonces, acompañado de todo su clero, lo condujo en procesión hasta el sepulcro; el difunto se recostó de nuevo en él, y al instante sus huesos se deshicieron y volvieron al polvo. Se cree que el santo obtuvo pronto su liberación.

 

Este ejemplo es muy notable, pues muestra cómo un alma del purgatorio, después de haber experimentado sus más duros sufrimientos, prefiere ese estado doloroso a la incertidumbre en que vivimos mientras permanecemos en este mundo.