Nos queda por hablar del acto mismo por el cual el dulce Jesús se nos da: la comunión. Para comulgar bien, son necesarias varias disposiciones. Es preciso presentarse con vestidos limpios, con una actitud modesta y recogida, que manifieste el respeto debido a la divina presencia.
Sobre todo, es necesario tener una intención recta y saber qué acto se realiza, es decir, conocer los puntos principales de la doctrina cristiana, especialmente lo que se refiere al sacramento de la Eucaristía. Es necesario también estar en estado de gracia, con la conciencia purificada de todo pecado mortal, pues las cosas santas son, por así decirlo, para los santos o para quienes desean serlo. Quien se atreviera a acercarse a la Mesa santa con un pecado mortal en el alma cometería un grave sacrilegio, como un nuevo Judas. El Señor dice: «Busco un corazón puro, y allí está el lugar de mi descanso. Si queréis que venga a vosotros y permanezca en vosotros, limpiad la casa de vuestra alma, pues todo corazón que ama prepara para el amado el lugar mejor y más hermoso».
Admirables son los efectos que la santa comunión produce en nosotros. Ante todo, nos une a Jesucristo, fuente de todo bien. Él se nos da con una intimidad semejante a la que tiene con los elegidos en el Cielo, de modo que cada uno, después de comulgar, puede repetir con san Pablo: «Ya no soy yo quien vive, es Jesucristo quien vive en mí».
Alimento espiritual de nuestra alma, la santa Eucaristía aumenta en nosotros la vida de la gracia, así como el alimento corporal sostiene y acrecienta la vida física. Al hacernos más fuertes y más unidos a Dios, nos preserva del pecado y nos hace capaces de vencer las tentaciones. Es la Eucaristía la que ha formado a los santos, a los héroes, a los mártires. «Cuando se tiene a Dios en el corazón –decía un general cristiano–, no se capitula jamás».
Cristiano que amas a Jesús, esfuérzate por adornar tu corazón con todas las virtudes, con todas las flores: violetas de la humildad, rosas del amor, lirios de la pureza. Cuando hayas recibido a Jesús, desearás la comunión frecuente, esta unión habitual con el Niño divino. Admitido con frecuencia al banquete sagrado, te impregnarás de Jesús, que te fortalecerá en la inocencia y en la piedad. Y, mientras esperas las alegrías del Paraíso, gustarás ya en esta vida cuán bueno es el Señor para quienes lo aman.
San Alfonso María de Ligorio encontró un día en las calles de Nápoles a una niña de cinco años que ardía en deseos de recibir el Pan del Cielo. La pequeña seguía a todos los sacerdotes que veía y les suplicaba, con las manos juntas: «Dame a Jesús». El santo doctor, intrigado, le hizo algunas preguntas, discernió la pureza de su corazón y le permitió comulgar. «¡Oh! decía después a uno de sus religiosos, vale más dar la comunión a un niño de esta edad que a tantos cristianos cuyo corazón está lleno de iniquidades».