Lección 18 – La santa Comunión (continuación)

Obra maestra del poder divino, la Eucaristía se presenta también como la obra maestra del amor de Dios. Y el rasgo propio del amor es no decir nunca: «Basta». El buen Jesús nos ama desde toda la eternidad, antes incluso del origen del mundo. Nos ha amado al crearnos, nos ha amado al hacerse hombre, al nacer en un pesebre, al morir en la cruz. Pero quiere ir aún más lejos. Busca el modo de darse todavía más, de darse sin cesar, de darse siempre a aquellos a quienes ama y de quienes desea ser amado. Por eso ha instituido la Eucaristía.

 

La Eucaristía es el don supremo del amor, porque es el don total de sí mismo y el don continuo, de día y de noche. Es Jesús siempre en adoración ante su Padre, supliendo nuestras pobres oraciones; siempre intercediendo por nosotros, siempre ofreciéndose en sacrificio por nuestra salvación. Es también Jesús que vive constantemente con nosotros, que piensa en nosotros incluso cuando lo olvidamos, siempre dispuesto a socorrernos, fortalecernos y consolarnos. «Oh Jesús, la medida de tu amor por nosotros ha sido amarnos sin medida. ¡Qué corazón tan malo tendría yo si no te amara con toda mi alma!»

 

La Eucaristía no es solo un sacramento que nos da la gracia. Es también un sacrificio. Un sacrificio es una ofrenda hecha a Dios. En los tiempos antiguos, los hombres ofrecían animales en sacrificio a Dios. Nuestro Señor Jesucristo juzgó que su Padre no era suficientemente glorificado por estos sacrificios humanos. Para honrar como es debido la suprema majestad, quiso ofrecer una víctima escogida, de valor infinito. Por eso se ofreció a sí mismo al instituir el sacrificio de la Misa.

 

El sacrificio de la Misa es la representación y la continuación del sacrificio del Calvario. La única diferencia es que, en la Cruz, Jesucristo muere realmente y derrama su sangre, mientras que en la Misa se ofrece como víctima a su Padre de manera incruenta.

 

La Misa es el acto más solemne del culto católico, la oración más poderosa. Unidos al sacerdote y a Nuestro Señor Jesucristo, al participar en ella debemos proponernos cuatro grandes intenciones: 
1º adorar a Dios; 
2º darle gracias por Sus beneficios; 
3º pedirle perdón por nuestros pecados; 
4º implorar de Su bondad las gracias necesarias para nuestra salvación.

Un gran deseo en un corazón muy pequeño

Francisca de Amboise, duquesa de Bretaña, a quien la Iglesia de Francia venera como santa, manifestó desde su más tierna infancia un ardiente deseo de recibir el Cuerpo de Jesucristo. Con frecuencia lloraba durante la Misa, con los ojos fijos en la santa Hostia. Su tristeza aumentaba los días en que la duquesa, su madre, y las damas de la corte se acercaban a la sagrada Comunión. Un día, la duquesa le preguntó la causa de tal aflicción. «¿Cómo no he de llorar –exclamó la niña– cuando veo a Monseñor el duque, a vos misma y a toda la corte colmados de los tesoros del Cielo al recibir al buen Dios, mientras que yo, por mi corta edad, estoy privada de este gran bien?»

 

Conmovida hasta las lágrimas, la buena duquesa prometió a Francisca hacer todo lo posible para obtenerle la gracia de comulgar en la próxima fiesta de Todos los Santos. Fue a ver al piadoso dominico Yves de Pontsal. Este interrogó a la pequeña princesa, se maravilló de la solidez de su fe y de la fervorosa intensidad de sus sentimientos, y finalmente le concedió el permiso tan deseado. El día de Todos los Santos de 1432, Francisca se presentó en la iglesia, revestida con su hermoso manto de armiño con las armas de Bretaña. Hizo su Primera Comunión con tal piedad que todos los presentes quedaron profundamente edificados. Aún no había cumplido los cinco años.