La gloria de Dios, oculta en la santa Eucaristía, ha sido negada en todas las épocas por hombres impíos que rechazaban la presencia de Nuestro Señor Jesucristo en el sacramento de nuestros altares. ¡Desdichados! No han oído ni comprendido esta palabra tan profunda: «Cierra los ojos, y verás». Es decir: no mires con los ojos de la carne, que aquí te engañarán, sino abre de par en par los ojos de la fe. Entonces Dios se deja ver por el corazón, pues se da a quienes lo buscan con humildad.
Los santos, en cambio, no han dudado jamás ni un instante de la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Santo Tomás de Aquino podía decir: «A pesar del testimonio de mi vista, de mi tacto y de mi gusto, creo, Dios mío, en tu palabra que me asegura tu presencia en la Eucaristía, porque tu palabra es la verdad misma».
Y no solo los santos creen en la Presencia real. Hombres de genio, grandes sabios, poderosos reyes, multitudes innumerables pertenecientes a todas las clases sociales, han venido a arrodillarse ante la pequeña hostia blanca para adorar al Dios oculto. A lo largo de los siglos, numerosos milagros han dado testimonio de la presencia de Dios mismo en la Hostia. Miles de cristianos han dado su vida para defenderla y, aún hoy, muchos católicos son objeto de burlas o persecuciones por su fidelidad a este dogma eucarístico, que es la base de nuestro culto.
El gran san Agustín, obispo cuyo genio iluminó a la Iglesia, exclamaba al hablar de la Eucaristía: «¡Oh Dios todopoderoso, nada podías hacer más grande!»
Si el amor humano, cuando se entrega plenamente, ya realiza maravillas, ¿habría algo imposible para un Dios que ama sin medida?
En el siglo III, en las calles oscuras de Roma, la ciudad respira miedo. Corren rumores por todas partes: arrestan a los cristianos, los arrojan a prisión, los entregan a las fieras o a la espada. Mientras tanto, en lo profundo de las catacumbas, iluminadas por antorchas, una pequeña comunidad cristiana se reúne para la Misa. Allí, en el corazón de las galerías excavadas en la roca, Jesús se hace presente en la Eucaristía para vivificar la fe de los fieles y fortalecer su valor hasta hacerlo invencible.
Entre los fieles se encuentra un adolescente, Tarsicio. Ama servir al santo papa Sixto II. Durante la Misa, contempla con ardor el momento en que el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo. Aquel día, el santo pontífice recibe un mensaje urgente: unos cristianos, encarcelados, serán ejecutados al día siguiente. Piden una sola cosa: recibir a Jesús Hostia antes de morir, para tener la fuerza de permanecer fieles hasta el final.
El santo pontífice se dirige a la asamblea de sacerdotes, diáconos y fieles. Pregunta si alguien se ofrece voluntario para llevar la Comunión a los mártires de Jesucristo.
Un silencio pesado cae sobre el grupo. El camino hasta las prisiones es peligroso: los guardias registran a los visitantes, los paganos vigilan, la multitud sospecha. Normalmente, es un diácono quien lleva la santa Comunión a los cautivos, pero aquel día ninguno se ofrece para cumplir tan honorable misión. San Sixto II observa los rostros. Entonces, una voz clara y firme se eleva:
«Santo Padre, envíame a mí».
Es el joven Tarsicio. Todos se vuelven sorprendidos. ¿Un niño? El pontífice duda. «Eres demasiado joven… si te descubren…». Pero la mirada del muchacho no vacila. «Precisamente: nadie sospechará de un niño. Y prefiero morir antes que entregar a Jesús».
El santo pontífice termina por aceptar. Con profundo respeto, toma algunas hostias consagradas, las envuelve en un paño blanco y las coloca en un pequeño estuche que desliza bajo la túnica de Tarsicio, junto a su corazón. «Recuerda –le dice con gravedad–, se te confía el tesoro del Cielo. Evita las multitudes, no te distraigas con nadie. Protege estas santas Especies, aun a costa de tu vida». El muchacho inclina la cabeza. Sus manos se cierran sobre el misterio que lleva. Sabe que no transporta solo pan, sino al Cristo vivo.
Con su tesoro, abandona las sombrías catacumbas. La luz del día lo deslumbra. Roma bulle de gente, de soldados con casco, de comerciantes que gritan. Tarsicio avanza con paso sereno, pero con el corazón en oración. Cada latido parece repetir: «Jesús, te llevo, te amo, guárdame».
Al doblar una calle, un grupo de muchachos de su edad lo reconoce. Ya lo han visto entre los cristianos. Uno se acerca:
«¡Tarsicio! ¡Ven a jugar con nosotros!
–Vendré después. Ahora no puedo.
–¿Qué llevas ahí, apretado contra el pecho?
–No es asunto vuestro. Dejadme pasar».
La curiosidad se transforma pronto en sospecha. Los muchachos rodean al pequeño acólito. «¡Enséñanos lo que tienes! ¡Escondes algo! ¿Oro? ¿Un mensaje para los cristianos?»
Tarsicio aprieta aún más su tesoro contra sí. Con los dedos aferrados a su túnica, responde con firmeza: «No puedo. Dejadme ir».
Entonces estalla la violencia. Lo empujan, lo golpean, intentan arrancarle lo que protege. Cae, se levanta, vuelve a caer, con los brazos siempre cruzados sobre el pecho, como un escudo alrededor de la Eucaristía. Lluvia de golpes: puñetazos, patadas. Luego comienzan a lanzarle piedras. Los gritos resuenan: «¡Que suelte lo que lleva!». Pero Tarsicio resiste. No lo suelta. No lo soltará.
Las piedras caen sobre él, la sangre corre por su rostro de niño. Su túnica se mancha y se desgarra. Sin embargo, en medio del dolor, una sola idea lo sostiene: «No entregaré a mi Jesús, cueste lo que cueste».
Un soldado romano aparece, atraído por el tumulto. Dispersa a la banda. En el suelo descubre el pequeño cuerpo herido. Es también cristiano, pero en secreto. Se inclina, toma a Tarsicio en sus brazos. El muchacho respira con dificultad.
«¿Qué llevas contigo?» pregunta en voz baja.
Los labios de Tarsicio apenas se mueven: «Yo… muero… pero lo he guardado bien… No he permitido… que Jesús… sea profanado».
El soldado lo lleva a la catacumba y lo deposita junto a san Sixto. Y Tarsicio expira sonriendo.
Según una hermosa tradición, cuando abren su túnica ya no encuentran las santas Especies. El Señor, a quien había estrechado contra su corazón, se ha unido a él, haciendo de su pequeño cuerpo mártir una hostia viva ofrecida a Dios. Ha pasado, a través del sufrimiento, a la posesión de su Dios, a quien defendió hasta la muerte.
Más tarde, en las catacumbas, se graban sobre su tumba unos versos atribuidos al papa Dámaso: en ellos se compara a Tarsicio con san Esteban, el primer mártir, apedreado por una multitud furiosa. Él también murió bajo los golpes, pero antes que entregar el Cuerpo de Cristo, entregó su propio cuerpo.
San Tarsicio se convierte así, a través de los siglos, en el pequeño mártir de la Eucaristía, guardián del Santísimo Sacramento, patrono de los monaguillos y de todos aquellos que sirven al altar. Su historia susurra a cada corazón que comulga: él dio su vida para que Jesús no fuera profanado. Y nosotros, ¿qué estamos dispuestos a sufrir para recibir a Jesús con amor, respeto y fidelidad?