Lección 16 – La santa Comunión

No puedes vivir sin alimento, ¿verdad? Del mismo modo, tu alma no puede florecer ni dar hermosos frutos de virtud sin la santa Comunión.

 

¿Qué es comulgar? Comulgar es recibir a Nuestro Señor Jesucristo, presente todo entero en la hostia bajo las apariencias del pan y del vino. Esta es la enseñanza de la Iglesia: «Si alguno se atreve a decir que el cuerpo de Jesucristo no está realmente presente en la Eucaristía, sea anatema», es decir, separado de la fe de la Iglesia.

 

¿Cómo es posible que Dios, Rey del cielo y de la tierra, esté presente en una hostia tan pequeña, tan delgada, tan frágil? Sí, Él está verdaderamente allí. San Agustín decía que no podemos comprender el misterio del amor de Dios por nosotros, pero que este misterio de su amor es la causa y la explicación de todos los demás misterios. Aquel que es la alegría de los ángeles y de los santos en el Paraíso, Aquel que ha creado el mundo y lo gobierna, está realmente presente en la pequeña Hostia. Está allí con su Cuerpo, nacido de la bienaventurada Virgen María y triturado por nuestros pecados. Está allí con su Sangre, derramada hasta la última gota en el Calvario. Está allí con su Alma, su Divinidad y todas sus infinitas perfecciones. Está allí, sobre todo, con su Corazón, que tanto nos ha amado.

 

Haz un acto de fe en esta divina presencia diciendo: «Oh buen Jesús, que te has ocultado voluntariamente bajo las humildes apariencias de la hostia, creo firmemente en Ti y te adoro con toda la devoción de que soy capaz».

 

Pero quizá preguntes: ¿por qué Dios se ha ocultado? Es para que nuestro amor lo busque con mayor ardor, como se busca un tesoro de gran valor cuya existencia se conoce. Es también para dejar a nuestra fe el mérito de creer lo que nuestros ojos no ven. Es para hacernos accesible la participación en su divinidad. Y, en fin, porque nuestros ojos de carne no podrían soportar el resplandor de la majestad divina.

 

Preparación para la santa Eucaristía

Los Apóstoles han llegado a Jerusalén con Jesús para celebrar la Pascua. La luz del atardecer desciende sobre la ciudad, dorando las antiguas piedras del aposento alto llamado Cenáculo. Es el Jueves Santo, víspera de la Pasión de Jesús. El Maestro habla a los suyos del mayor amor: dar la vida. Les habla del amor de Dios su Padre, del mandamiento nuevo que les deja: «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado». Luego permanece largo rato en silencio. En su mirada se percibe la gravedad de una despedida. Los discípulos están inquietos. Presienten que acontecimientos importantes, quizá trágicos, están por suceder.

 

Conmovidos por sus palabras, han sentido más que nunca cuánto Jesús los ama y cuánto desea ser amado en retorno. El Maestro anuncia una vez más que debe partir, que va a sufrir y morir. A pesar de estos anuncios repetidos, los Apóstoles permanecen en la negación, pues tienen horror al sufrimiento. Intentan comprender estas palabras misteriosas, pero no se atreven a preguntarle, cuando Jesús se levanta lentamente de la mesa. Sus gestos son sencillos, serenos, llenos de una ternura grave. Vertiendo agua en una jofaina, Jesús les lava los pies a cada uno. Luego les dice: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si Yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que hagáis vosotros lo mismo que Yo he hecho con vosotros». Así nos enseña Jesús que debemos ponernos a los pies de nuestros hermanos y servirlos siempre con amor y delicadeza.

 

Institución de la santa Eucaristía

Habiendo vuelto a la mesa, Jesús toma el pan que está delante de Él, alza los ojos, da gracias a Dios su Padre y lo bendice. Lo parte en varios trozos y los distribuye a sus Apóstoles diciendo: «Tomad y comed. Esto es Mi Cuerpo, que se entrega por vosotros».

 

Luego toma la copa llena de vino, da gracias a Dios y la bendice. La pasa a todos diciendo: «Bebed todos de ella, porque este es el Cáliz de Mi Sangre, la Sangre de la nueva alianza, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados». Con estas palabras Jesús instituye la Eucaristía.

 

Para que este milagro permanezca hasta el fin de los tiempos, añade: «Haced esto en memoria Mía, todas las veces que lo bebáis».

 

Así confía a los Apóstoles, y luego a los obispos y sacerdotes que los sucederán, el poder de celebrar la Misa y de dar la santa Comunión.

 

Los discípulos, turbados y en silencio, sienten que entran en un misterio más profundo que todo lo que han vivido con Jesús. El pan y el vino se han convertido, en aquella noche memorable, en el signo de su amor que se entrega sin medida, hasta el fin. Y mientras las antorchas proyectan una luz pálida, sus corazones comienzan a comprender que el Maestro pronto los dejará.

 

Después de la Cena, Jesús y sus Apóstoles cantan un salmo tradicional. Abrumados de tristeza, salen juntos y se dirigen al monte de los Olivos. La noche ha caído. Jesús va a sufrir pronto una agonía mortal en el huerto de Getsemaní. Sus enemigos vendrán allí a prenderlo para maltratarlo y crucificarlo.

 

El espíritu humano no puede comprender cómo Jesús está realmente presente en la santa hostia y en el vino consagrado en la Misa. Pero es una verdad eterna que debe creerse, porque Dios mismo nos la ha revelado. Dios es todopoderoso y puede realizar todo lo que quiere.

Un buen y gran beso

Al regresar de un paseo, el pequeño Juan entra con su madre en un convento. Allí ve a una religiosa que recorta hostias, preparadas esa misma mañana con harina muy blanca. Cuando se entera de que esas hostias servirán para la Misa del día siguiente, su rostro se vuelve de pronto serio y luego se ilumina con una sonrisa angelical. Se acerca suavemente a la mesa donde están colocadas las hostias grandes y pequeñas y, con profundo respeto, besa una de las grandes.

 

«Pero, Juanito, le dice la religiosa, el buen Jesús aún no está en ella».

«Ya lo sé responde el niño con voz suave; pero mañana por la mañana estará en la Misa, y quiero que encuentre allí el beso del pequeño Juan».

«¿Y por qué, pregunta la madre, has escogido una hostia grande en vez de una pequeña?»

«Para dar un beso más grande», responde con encantadora sencillez.

 

Juan de B. tiene entonces apenas cuatro años. Hoy contempla al Niño Jesús en el Cielo, pues la muerte lo arrebató a su madre hacia el final de su octavo año. No tuvo, por desgracia, la dicha de hacer su primera comunión antes de morir, porque en aquel tiempo, en Francia, apenas se comulgaba antes de los once o doce años. Pero, sin duda alguna, el buen Dios tuvo en cuenta aquel beso, que expresaba tan bien su ardiente deseo de recibir la santa Eucaristía.