Para recibir el perdón de los pecados, es necesario confesarse, es decir, hacer una confesión humilde y sincera de nuestras faltas. En efecto, ¿cómo podría el sacerdote –ese juez que habla en nombre de Dios– perdonar lo que no conoce?
Para que una confesión sea verdaderamente buena, se requieren varias condiciones. Comienza con el examen de conciencia, que es una búsqueda atenta de las faltas cometidas desde la última confesión. Una vez terminado este examen, es necesario suscitar en el alma la contrición, es decir, el dolor de haber ofendido a Dios, no solo por temor, sino por amor.
Al llegar al confesionario, el penitente se arrodilla y hace la señal de la cruz. Dice: «Bendígame, Padre, porque he pecado, etc.». Confiesa sus pecados con sencillez.
Entonces el sacerdote toma la palabra. Aconseja, exhorta, levanta el ánimo, y es Dios mismo quien, a través de su voz, habla al alma herida y le concede el perdón. Estas palabras deben ser recibidas con atención y respeto, pues es Dios quien nos habla por boca de su ministro.
Es esencial confesar todos los pecados mortales e indicar, en la medida de lo posible, cuántas veces se han cometido. Ocultar voluntariamente un pecado grave hace nula la confesión y añade al pecado una culpa aún mayor: la del sacrilegio.
En cuanto a las faltas leves, no se está estrictamente obligado a confesarlas, pero es prudente hacerlo, ya que a menudo es difícil juzgar su gravedad. Los pecados olvidados sin querer son perdonados por la bondad de Dios; sin embargo, si son graves, deben confesarse en cuanto se recuerden.
No basta con arrodillarse humildemente en el confesionario y acusar allí las propias faltas. Es necesario además arrepentirse del mal cometido. La contrición es el dolor de haber ofendido a Dios, unido a un firme propósito de no volver a ofenderle.
Para que sea verdaderamente eficaz, la contrición debe reunir cuatro condiciones:
1º interior, que brote del corazón;
2º universal, que se extienda a todos los pecados;
3º soberana, que nos haga detestar el pecado más que cualquier otro mal;
4º sobrenatural, que nazca de motivos de fe.
La contrición es perfecta cuando está inspirada por el dolor de haber ofendido a Dios, tan bueno, que nos ha amado hasta morir en la cruz. La contrición perfecta, unida al deseo sincero de recibir cuanto antes el sacramento de la penitencia, obtiene ya el perdón de los pecados. La contrición es imperfecta cuando nace principalmente de la vergüenza del pecado o del temor al infierno. Borra los pecados con la condición de unirse a la absolución dada por el sacerdote.
La absolución es la fórmula sacramental que pronuncia el sacerdote para perdonar las faltas del penitente bien dispuesto: «Ego vos absolvo… – Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Mientras el sacerdote pronuncia estas palabras, el penitente inclina la cabeza y recita con piedad el acto de contrición. Si tiene el firme propósito, con la gracia de Dios, de no volver a caer en el pecado, queda entonces, por la virtud del sacramento, liberado de todas sus faltas.
Sin embargo, no debe creerse que ya no queda nada que reparar ante Dios. El pecado deja tras de sí una pena temporal. Por la absolución, la culpa es borrada, pero la pena temporal permanece, pues es justo reparar de algún modo la ofensa hecha a Dios.
Esta reparación se llama satisfacción. Para satisfacer, es decir, para expiar la pena temporal debida a los pecados ya perdonados, el penitente recibe del confesor una penitencia, que debe cumplir cuanto antes. También es bueno ofrecer a Dios las pequeñas penas de cada día, con espíritu de amor y de expiación.
Como ves, cuando por tu mala conducta surge una ruptura entre Dios y tú, sabes lo que debes hacer para recobrar su gracia. Apresúrate a arrojarte a los pies del sacerdote, representante de Cristo en la tierra, y él te repetirá esas palabras que devuelven al alma la amistad de Jesús y la paz: «Dios te perdona. Vete en paz y no peques más».
Había una vez un padre de familia que vivía con sus dos hijos en una hermosa propiedad. El más joven, un día, decidió marcharse a recorrer el mundo. Pidió a su padre la parte de herencia que le correspondía y, una mañana, partió hacia tierras lejanas. Allí malgastó rápidamente toda su fortuna en placeres y desenfreno.
Cuando los compañeros de sus excesos comprendieron que ya no tenía dinero, lo abandonaron sin remordimiento. El joven se encontró solo, acosado por el hambre. Obligado por la necesidad, entró a servir en una granja. Cada día debía realizar duros trabajos, y el alimento que recibía era tan pobre que a veces, para no morir de hambre, llegaba a quitar a los cerdos la miserable comida que debía darles.
En medio de su miseria, el hijo pródigo recordó la casa paterna, donde su padre nunca le había dejado carecer de nada. «¡Ah! –se decía–, ¡cuánto más felices son los criados de la casa de mi padre que yo! ¿Por qué no ir a suplicar a mi buen padre que me trate como a uno de ellos, yo que ya no soy digno de ser llamado su hijo?». Estos pensamientos volvieron una y otra vez a inquietar su mente y a desgarrar su corazón.
Una tarde, no pudo resistir más. Dejó la granja donde lo trataban como a una bestia de carga y emprendió el camino de la casa paterna. Desde el día de la partida de su hijo, el padre no dejaba pasar una sola tarde sin subir a una pequeña colina desde donde se dominaba toda la llanura. Desde allí, escrutaba largamente el horizonte, buscando con la mirada a su hijo amado.
Y he aquí que una tarde, cuando el sol teñía el horizonte con sus últimos resplandores, sus ojos distinguieron una silueta que avanzaba con paso apresurado, vestida con harapos. «¡Es él! ¡Es él!», exclamó el anciano, lleno de alegría, y con paso vacilante salió al encuentro de su hijo.
El joven reconoció a su padre. Corrió hacia él y cayó de rodillas: «Padre, padre mío, he pecado gravemente contra el Cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Trátame como a uno de tus siervos». Pero el padre lo levantó con ternura: «Te perdono», le dijo, y lo cubrió de besos.
Luego, volviéndose hacia los criados que acudían, ordenó preparar un gran banquete. «Había perdido a mi hijo –dijo– y lo he encontrado. Estaba como muerto y ha vuelto a la vida. Es justo, pues, alegrarse».
Esta historia, hijos míos, es ante todo la historia de Adán, el primero de los hijos pródigos, que por su culpa perdió el estado de inocencia y felicidad en que el Creador lo había puesto. Es también nuestra historia, la de todos nosotros, pecadores, que, como el hijo pródigo, hemos renunciado tantas veces a la amistad de Dios para correr tras placeres engañosos.
El padre, tan tierno con su hijo antes de su caída y tan misericordioso cuando lo ve arrepentido, es el mismo Dios, cuya misericordia es como un océano sin límites, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos en cuanto volvemos a Él con el corazón contrito.