Los sacramentos son como fuentes de las que brota la gracia divina. Cada uno puede acudir a ellas libremente y recibirá, según las disposiciones de su corazón, una cantidad mayor o menor de esta agua saludable.
Hay siete sacramentos, instituidos por Jesucristo para comunicarnos la vida de la gracia. Responden a todas las necesidades espirituales de nuestras almas y de la sociedad.
El Bautismo, en primer lugar, nos hace partícipes de la vida divina. La Confirmación la desarrolla en nosotros. La Penitencia la devuelve a quienes la han perdido. La Eucaristía la mantiene. La Extremaunción le concede, en la hora de la muerte, un último aumento. El Orden da a la Iglesia ministros para difundirla. El Matrimonio la perpetúa en la humanidad al formar familias cristianas.
El Bautismo es el sacramento que nos hace cristianos, hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Imprime en el alma un signo misterioso, un sello espiritual que jamás se borra. Una vez bautizado, uno no deja de ser cristiano, incluso si un día se aparta de Dios.
Para bautizar, se derrama agua natural sobre la cabeza de la persona, diciendo al mismo tiempo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Habitualmente son los sacerdotes quienes administran el Bautismo; pero, en caso de urgencia –por ejemplo, cuando un recién nacido está en peligro de muerte–, cualquier persona puede y debe conferirlo, respetando esta forma sencilla.
El Bautismo borra completamente todos los pecados. Perdona el pecado original, esa herida del alma que mancha a todo ser humano desde su nacimiento, a causa de la culpa de Adán y Eva. También perdona todos los pecados personales que pudiera haber cometido quien recibe este sacramento después del uso de razón: el alma sale de él lavada, como recreada.
La Confirmación prolonga y fortalece esta vida nueva iniciada en el Bautismo. Es el sacramento por el cual Dios nos robustece interiormente para vivir plenamente como cristianos en el mundo. El Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad, se comunica a los confirmados bien dispuestos con la abundancia de sus dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.
Por la Confirmación, quedamos armados para los combates espirituales de la existencia, como caballeros equipados para la batalla. Nos hace valientes testigos de Jesucristo, Rey de reyes, capaces de afirmar nuestra fe, defenderla y vivirla con valentía en medio de las dificultades y oposiciones.
El sacramento de la Penitencia es aquel por el cual Dios perdona los pecados cometidos después del Bautismo. Jesús lo instituyó cuando dijo a los Apóstoles, y por medio de ellos a todos sus sucesores: «A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos».
La Eucaristía es el sacramento que contiene realmente, bajo las apariencias del pan y del vino, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.
La Extremaunción (a menudo llamada Unción de los enfermos) es el sacramento dado a quienes están gravemente enfermos. Aporta una purificación más profunda del alma, fortalece la confianza en Dios y puede, si tal es la voluntad del Señor, devolver también cierto vigor al cuerpo.
El Orden es el sacramento que confiere a algunos fieles el poder sagrado de ejercer las funciones del ministerio en la Iglesia, con la gracia necesaria para cumplirlas santamente. Las funciones principales del sacerdote y del obispo son celebrar el santo Sacrificio de la Misa, administrar los sacramentos y predicar la Palabra de Dios.
Al instituir la Eucaristía, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Haced esto en memoria mía». En ese momento instituye también el sacramento del Orden, que da al sacerdote el poder de consagrar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
El Matrimonio es el sacramento que santifica la unión del hombre y la mujer, dándoles la gracia de vivir juntos según el Evangelio, con el fin de formar una familia. Este vínculo sacramental es indisoluble: un matrimonio contraído y consumado entre bautizados no puede disolverse. Ni siquiera por consentimiento mutuo puede romperse esta unión que la Iglesia ha bendecido. Por eso la Iglesia prohíbe el divorcio y recuerda que el amor conyugal, sostenido por la gracia, está llamado a durar toda la vida.
En 1870, durante la guerra entre Francia y Alemania, una tropa de soldados prusianos invadió un día el pequeño pueblo de Villars, en la diócesis de Dijon. Todas las casas fueron ocupadas por la fuerza por los soldados, que se instalaron en ellas como si fueran propias, para pasar la noche. Una sola edificación permanecía intacta y silenciosa: la iglesia.
Pero esto no duró. Un oficial prusiano declaró que quería alojar allí a los hombres que no habían encontrado sitio en otro lugar. La inquietud se apoderó inmediatamente de los piadosos feligreses. Imaginaban las conversaciones groseras, el ir y venir de las botas, las armas, el humo, así como las irreverencias que se cometerían en el lugar santo. Sabían bien que la mayoría de los soldados profesaban la religión protestante y no tenían respeto por la Eucaristía, pues no creían en la presencia real. El Santísimo Sacramento corría grave peligro de ser expuesto a ultrajes sacrílegos y blasfemos.
El párroco estaba ausente desde el día anterior y no regresaría hasta el siguiente. ¿Cómo poner el Santísimo Sacramento a salvo, cuando solo un sacerdote tiene derecho a tocarlo?
En esta situación de urgencia, los fieles comprendieron que, a falta de una mano consagrada, hacía falta al menos un corazón puro. Se volvieron primero hacia las jóvenes de la parroquia. Se les propuso el temible honor de acercarse al tabernáculo. Sin embargo, una tras otra retrocedían: respeto, temor, pudor, un sentimiento confuso de indignidad… Ninguna se atrevía a aceptar tal honor.
Tras un momento de vacilación, fueron a buscar a un muchacho de trece años que acababa de hacer su Primera Comunión y era conocido por su piedad. Se le explicó la situación. El joven se turbó y enrojeció. Al insistirle, las lágrimas acudieron a sus ojos, un sollozo lo ahogó: «No puedo… tengo pecados… un pecado grave». Su confesión era desgarradora, pero su sinceridad admirable. Sabía que un gesto así exige un alma en estado de gracia.
La dificultad se volvió extrema. Sin embargo, era necesario encontrar a alguien. Finalmente, las miradas se dirigieron hacia el más inesperado: un pequeño de cuatro años y medio, llamado Pedro, conocido por su candor y dulzura. Lo vistieron con sus mejores ropas y le explicaron, con palabras sencillas, que iba a llevar a Jesús.
El padre del pequeño Pedro tomó a su hijo en brazos y subió con él al altar. Todos los presentes se arrodillaron con respeto. Las miradas se fijaron en el tabernáculo. Guiadas por su padre, las pequeñas manos de Pedro abrieron la puerta dorada. El niño tomó el copón de oro donde reposaban las hostias consagradas. Sus pequeñas manos rodearon el vaso sagrado. Con una sonrisa, lo estrechó contra su corazón. En ese instante memorable, era un niño quien llevaba al Rey del Cielo.
Entonces comenzó una procesión improvisada, pero de una solemnidad conmovedora. Delante, unas mujeres entonaban un cántico. Detrás, unos hombres avanzaban lentamente, con cirios encendidos en las manos. En el centro, el padre llevaba a su hijo, que sostenía al mismo Jesús, Señor del Cielo y de la tierra. La procesión se dirigió hacia la sacristía, donde se había preparado una morada provisional para Jesús Hostia.
Una vez puesto el Santísimo Sacramento en lugar seguro, el silencio se rompió. La emoción creció. Uno tras otro, los presentes se acercaron a besar al pequeño Pedro, a agradecerle y a felicitar a aquel que, gracias a la inocencia de su alma, había recibido la gran gracia de llevar al buen Dios. Aquella noche, en un pueblo ocupado por el enemigo, aquellos buenos cristianos descansaron serenos y en paz.