Lección 12 – La gracia

Encuentro junto a un pozo

Un día, Jesús había caminado durante horas bajo el sol ardiente, en compañía de sus Apóstoles. Cansado, se sentó junto a un pozo, a la hora en que la luz cae con dureza sobre las piedras y la sed se hace sentir con mayor intensidad. Sus Apóstoles habían ido a la ciudad a buscar algo de comer. Una mujer se acerca, sola, con un cántaro sobre el hombro. En Samaria, todos conocen su vida desordenada.

 

Jesús, que quiere convertirla, entabla conversación con ella. Le pide de beber. Sorprendida, se extraña de que un judío se dirija así a una samaritana. Entonces Jesús abre ante ella un horizonte inesperado: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo habrías pedido, y Él te habría dado agua viva». La mujer lo mira, perpleja y conmovida sin saber por qué. Jesús continúa: «El que bebe de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que Yo le daré no tendrá sed jamás».

 

La mujer habla del Mesías, de Aquel que ha de venir. Entonces Jesús se le revela: «¿El Mesías? Soy Yo, el que habla contigo». Luego pone al descubierto, con una dulzura desarmante, las faltas de su vida pasada. Ningún reproche cruel, sino una luz que atraviesa su corazón. Bajo el impacto de esta verdad que la ilumina y la transforma, siente un profundo dolor por haber ofendido a Dios y el deseo de cambiar de vida para agradarle. No solo se convierte, sino que también se vuelve testigo de Jesús, pues su alegría es tan grande que quiere compartirla con todos. Deja su cántaro, corre hacia la ciudad y llama a todos los que conoce para conducirlos a Jesús. Esta transformación instantánea es un poderoso efecto de la gracia de Dios.


 

¿Qué es la gracia?

La palabra «gracia» designa precisamente ese don gratuito que Dios nos concede para conducirnos a la salvación. Se distinguen dos tipos de gracia: la gracia habitual y la gracia actual. La gracia habitual o santificante es aquella que permanece en nosotros y nos hace agradables a los ojos de Dios. Nos convierte en sus amigos. Un solo pecado grave basta para perderla.

 

El estado de gracia es el más precioso de todos los tesoros. Estar en estado de gracia, o tener la conciencia totalmente pura, es asemejarse a los ángeles, reflejar en uno mismo la imagen de Dios, amar a Jesús y ser amado por Él. Es la felicidad y es la belleza, porque es el amor.

 

La gracia actual es una ayuda momentánea que el buen Dios nos concede en una circunstancia difícil. Es un auxilio puntual que Dios nos da para impulsarnos a hacer el bien y evitar el mal. Imaginad una mano fuerte que os levanta de un salto por encima de un foso que nunca podríais cruzar solos: así la gracia actual nos ayuda a superar el abismo del pecado, a no caer allí donde nuestra debilidad nos arrastraría. Sin la gracia, somos incapaces, por nosotros mismos, de observar plenamente los mandamientos y de merecer el Cielo.«Sin Mí no podéis hacer nada», dice Jesús en el Evangelio. Por eso, en el fondo, todas nuestras oraciones piden una sola cosa: la gracia. Dios no la niega a quien se la pide con humildad y perseverancia.