Lección 11 – ¿Qué decir en la oración? ¿Cuándo hay que orar?

Orar es, sencillamente, hablar con el buen Dios. Pero quizá te preguntas qué decir a tu Padre del Cielo y cómo presentarle tus necesidades. No te inquietes. Nuestro divino Salvador, cuando estaba en la tierra, tuvo cuidado de enseñarnos ante todo qué debemos pedir a su Padre. Nos dio una oración, el “Padre Nuestro”, que es la más hermosa de todas las oraciones, y todo verdadero cristiano gusta de recitarla con frecuencia.

 

Esta oración comienza con las palabras: Padre nuestro, que nos revelan quién es Dios para nosotros y hasta dónde llega su ternura. Luego siguen las palabras: que estás en los cielos, para recordarnos que, aunque Dios está presente en todas partes, habita de un modo especial en el Cielo, con los ángeles y los elegidos.

 

Después de esta invocación vienen siete peticiones: tres se refieren directamente a los derechos de Dios y cuatro a nuestras necesidades. Pedimos, para la mayor gloria de Dios: 

1° que Su Nombre sea santificado, es decir, conocido y honrado; 
2° que Su Reino se extienda en todos los corazones; 
3° que Su voluntad se cumpla en la tierra como en el Cielo.

 

Para ayudarnos a alcanzar la vida eterna, pedimos luego: 

1° el pan de cada día, tanto material como espiritual; 
2° el perdón de nuestras ofensas; 
3° la fuerza para vencer las tentaciones; 
4° la gracia de ser preservados de todo mal, sobre todo del pecado y de la condenación eterna.

 

Además del Padre Nuestro, todo cristiano preocupado por su vida interior debe saber de memoria y recitar cada día el Ave María, del cual se hablará más adelante, así como los Actos de fe, de esperanza y de caridad. Estos actos son una oración muy agradable a Dios, porque resumen los pensamientos y sentimientos propios de un discípulo de Cristo.

 

Ya sabes ahora qué decir al buen Dios. Pero quizá te planteas otra pregunta: ¿cuándo hay que orar? La respuesta es sencilla. Así como hablas espontáneamente con aquellos a quienes amas a lo largo del día, estás invitado a dirigirte con frecuencia a tu Padre del Cielo. Tienes tantas cosas que confiarle.

 

Ante todo, por la mañana, al despertar, haz la señal de la cruz y di: «Dios mío, te doy mi corazón». Una vez vestido, toma unos momentos, de rodillas ante un crucifijo si es posible, para la oración de la mañana: Padre Nuestro, Ave María, ofrenda, etc.

 

Durante el día, si se presenta la tentación, si un mal pensamiento o una mala acción te acecha, invoca en tu ayuda a Jesús, a la Santísima Virgen o a tu Ángel de la Guarda con una breve invocación susurrada. Una oración corta, pero sincera y confiada, basta muchas veces para apagar el combate.

 

Antes y después de las comidas, haz la señal de la cruz, pide a Dios que bendiga el alimento que te da, y luego agradécele por habértelo concedido.

 

Finalmente, por la noche, antes de acostarte, toma un momento para la oración nocturna, si es posible en familia y en voz alta. Luego, ya en la cama, si el sueño tarda en venir, confía aún tu noche a Dios con algunas invocaciones sencillas; por ejemplo, pedir a los ángeles que velen por ti, decir a Jesús que lo amas, pedir a María la gracia de vivir y comulgar dignamente.

La oración perseverante

En el siglo IV, en África, vivía una mujer cristiana llamada Mónica. Amaba a Dios con todo su corazón y se afligía al ver a su hijo Agustín llevar una vida desordenada y moralmente desviada. Lloraba sin cesar por ese hijo al que amaba más que a nada, y su dolor no era menor que el de una madre que ve enterrar a su hijo. A los ojos de la fe, ese hijo que permanecía hundido en el pecado le parecía como un muerto viviente.

 

Un día, Mónica acudió al gran obispo de Milán, san Ambrosio, le confió su pena y le suplicó que hablara con Agustín para intentar llevarlo de nuevo a Dios. El obispo, conmovido por su sufrimiento, le respondió con estas palabras que se han hecho célebres: «Ve, continúa orando como lo haces; es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas». Mónica acogió esta promesa como una palabra venida de Dios mismo.

 

Fortalecida por esta certeza, perseveró e intensificó sus oraciones y penitencias. Durante mucho tiempo aún, derramó lágrimas y elevó sus plegarias ante el altar. Iba cada día a la iglesia, asistía a la Misa, multiplicaba las súplicas y las limosnas por la salvación de su hijo. No pedía ni riqueza ni honores, sino una sola cosa: la curación del alma de Agustín y su salvación eterna.

 

Finalmente, Dios se dejó conmover por esta intercesión perseverante. Agustín se convirtió, reconoció la miseria de su vida pasada, renunció a sus errores, recibió el bautismo y luego llegó a ser sacerdote y obispo. Será uno de los más grandes doctores de la Iglesia, que hoy lo honra como san Agustín, obispo de Hipona, uno de los grandes amigos de Dios.