Lección 10 – La oración

La vida cristiana es una vida de oración. ¿Qué es orar? Seguramente ya has visto un cohete despegar de un solo impulso y elevarse rápidamente hacia el Cielo. Orar es un poco eso: es arrancarse de las pequeñeces de la tierra y elevarse de un salto hacia las alturas donde nuestra alma encuentra a Dios. Se dice que la oración es una elevación del alma hacia Dios para rendirle homenaje, exponerle nuestras necesidades y pedirle sus gracias. Esta definición muestra claramente por qué todo cristiano debe orar.

Dios es un gran Rey, el más poderoso de todos. Así como alrededor de los reyes de la tierra se agrupa una multitud de cortesanos, nosotros debemos, varias veces al día, postrarnos ante nuestro Creador, reconocer que todo lo recibimos de Él y agradecerle sus beneficios. Pero eso no es todo. Por nosotros mismos, somos como pobres mendigos que, en las esquinas, piden limosna. No poseemos ningún bien espiritual: verdaderos mendigos de Dios, debemos implorar constantemente de su bondad las gracias necesarias para alcanzar la salvación.

Nuestro Señor Jesucristo mismo nos manda orar: «Pedid y recibiréis… No obtenéis porque no pedís… Es necesario orar siempre y no desfallecer».

 

Pero, diréis, ¿cómo hay que orar?

Hay que orar…

1° Con atención. Cuando hablas con alguien a quien amas, no piensas en otra cosa. Del mismo modo, ¿cómo te escucharía Dios si estás tan distraído que ni tú mismo te escuchas?

2° Con humildad. Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. No ama a quienes se creen demasiado importantes; sus favores no son para los corazones llenos de sí mismos.

3° Con confianza. Dios lo puede todo, y si le pedimos, por los méritos de su Hijo Jesucristo, bienes verdaderamente útiles para nuestra alma –como la gracia de amarlo por encima de todo–, no dejará de escucharnos.

4° Con perseverancia. Cuando un niño desea ardientemente un juguete, no se contenta con pedirlo una sola vez a su padre. Renueva constantemente su petición, hasta resultar insistente. Haced lo mismo con Dios. Él ama que se le insista, y nunca se molesta por la oración confiada de los pequeños. «Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá».

Poder de la oración de una niña

El señor Géraud era de religión protestante, pero había abandonado pronto toda práctica religiosa. Había elegido como esposa a una mujer católica y, al casarse, había aceptado una cláusula expresa que garantizaba la educación católica y los sacramentos para sus hijos. Sin saberlo, con ello iba a asegurar su propia salvación.

En efecto, su hija, de nueve años, pero iluminada por la gracia antes de la edad de la razón, sufría al ver a su padre ajeno a las prácticas de la religión. A menudo manifestaba a su buen padre el dolor que le causaba que no compartiera la fe de la familia.


Él le respondía:

«Quédate tranquila, querida hija. No estoy lejos de ello. Si alguna vez enfermo, me haré católico».

¡Ay!, ese momento llegó demasiado pronto para su familia. Géraud cayó enfermo. Su esposa, en medio de sus justificados temores, sin olvidar que él había dicho muchas veces que quería morir católico, no se atrevía, sin embargo, a hablarle de ello. Eligió como mediadora a su hija, llamada así a cumplir un verdadero ministerio de ángel.


Esta amable niña se acerca llorando al lecho de su padre, le recuerda su promesa y añade que esa misma mañana, en la misa, había pedido a Dios su conversión. El corazón paterno se conmueve. Combates interiores lo agitan. En medio de esa tormenta, precursora de la calma, exclama:

«Déjame unos momentos, querida hija. Volverás más tarde».


Por la tarde, cuando la niña entra de nuevo en la habitación del enfermo, él la llama y le dice:

«Hija mía, me reprocho haberte recompensado mal cuando, esta mañana, me hablaste con tanta sencillez. Pues bien, quiero anunciar yo mismo a tu madre que mi decisión está tomada definitivamente: quiero morir católico».


Por la noche, antiguos magistrados y hombres de letras, que formaban habitualmente el círculo de Géraud, reunidos en su casa, escuchan de su propia boca su resolución. Expone sus motivos con ese ardor de alma que caracterizaba su persona.


Había estudiado la religión toda su vida, y la convicción, fruto de sus reflexiones y de sus investigaciones, estaba desde hacía tiempo en su alma, esperando la hora de la gracia. Declara, pues, que abjura del protestantismo con pleno conocimiento de causa, sin temer lo que se pudiera decir o pensar. Afirma estar convencido de que la verdad está en la fe católica, y que solo allí se encuentra.

Fue en manos de un cura de campo donde el señor Edmond Géraud hizo, el 14 de mayo, su abjuración y su profesión de fe. Pronunció las palabras con un acento de convicción y de piedad que fortaleció la fe de los presentes y les hizo derramar lágrimas. El nuevo convertido, que también lloraba, pero de alegría, declaró creer, sin ninguna restricción, todos los artículos de la fe católica y someterse enteramente a los mandamientos de Dios y de la Iglesia.


La enfermedad avanzó rápidamente, y Géraud murió el 21 de mayo de 1831, con sentimientos de profunda piedad, rodeado de su hija, cuyas oraciones y cuya inocencia lo ayudaron, sin duda, a entrar en el Cielo.