¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos en la tierra? ¿A dónde vamos?
Desde los primeros días del mundo, desde hace miles de siglos, la humanidad se plantea estas tres grandes preguntas, con la misma angustia y la misma sed de verdad.
Para los incrédulos, es decir, para los infortunados que no creen en Dios, la cuestión permanece sin respuesta. Algunos sabios, llamados filósofos, han intentado esclarecer estos enigmas, pero no han logrado más que complicar aún más el problema –puesto que todos se contradicen– y poner de manifiesto su ignorancia o su mala fe. Los espíritus modernos añaden confusión a la confusión. Sus doctrinas contradictorias se derrumban unas sobre otras.
Solo la religión de Jesucristo ilumina el misterio.
Dios nos ha creado para conocerlo, amarlo y servirlo en este mundo, y para ser felices con Él en el Cielo por toda la eternidad. Dios, que fue nuestro origen, es también nuestro fin supremo.
Se llaman los cuatro fines últimos del hombre: la muerte, el juicio, el Cielo y el infierno.
Formado de la tierra por la omnipotencia de Dios, el hombre debe un día volver a ella. Desde que Adán pecó, la muerte entró en el mundo como justo castigo del pecado original. Si nuestros primeros padres no hubieran desobedecido a Dios, habrían sido inmortales, y nosotros lo habríamos sido con ellos. La muerte es el castigo del pecado. Debemos, pues, aceptarla con todo su cortejo de males como expiación de nuestras faltas. Nos acecha siempre y, tarde o temprano, llama a nuestra puerta. Sin embargo, para quien ha vivido bien, la muerte es un paso dichoso, pues morir es ir al Cielo, a la casa del buen Dios.
Inmediatamente después de la muerte, nuestra alma comparece ante el tribunal de Jesucristo. Nada escapa a su mirada: pensamientos, palabras, actos, omisiones; todo es pesado en la balanza de la justicia y de la misericordia. Pensemos bien en ello: cada uno de nuestros actos tiene resonancia en la eternidad.
Además del juicio particular, habrá también, al fin del mundo, un juicio general, muy solemne, en el que todas las criaturas humanas rendirán cuenta de sus acciones ante el Dios todopoderoso, Juez supremo del bien y del mal. Dirigiéndose a los buenos y abriéndoles Sus brazos, Jesucristo les dirá con ternura: «Venid, benditos de Mi Padre, a poseer el reino que os ha sido preparado». Luego Su voz terrible interpelará a los malvados: «Apartaos de Mí, malditos, id al fuego eterno».
El juicio, tanto particular como general, tiene dos posibles desenlaces: el Cielo o el infierno, es decir, una eternidad de amor y de felicidad o una eternidad de odio y de sufrimiento.
Si el alma se presenta ante Dios en perfecto estado de gracia, sin la menor falta que expiar – lo cual es algo sumamente raro –, se eleva inmediatamente al Paraíso. Si, estando en gracia, aún le quedan deudas que purificar, pasa primero por el Purgatorio antes de entrar en la gloria eterna. Pero si, por una desgracia espantosa, muere en estado de pecado mortal sin haber tenido tiempo de un arrepentimiento sincero, se precipita en el infierno.
¿Qué es, pues, el infierno? Es un lugar de horror, donde los malvados, llamados condenados, separados para siempre de Dios, sufren junto con los demonios un castigo proporcionado a sus culpas. La Iglesia nos enseña que existe el infierno, y el Evangelio lo recuerda muchas veces: es necesario creerlo. El mayor suplicio de los condenados es la privación de Dios, el odio al Bien supremo para el cual habían sido creados. Antes de ser arrojados al infierno, han entrevisto a Dios, Su amor infinito, Su belleza… ¡y a ese Dios tan bueno Lo han rechazado! Ah, no lo olvidéis: un solo pecado mortal basta para precipitarnos en el abismo, y, una vez en el infierno, no se sale jamás, jamás…
Entre el Cielo y el infierno existe un lugar intermedio: el Purgatorio.
¿Qué es el Purgatorio? Es un lugar de purificación, una especie de prisión donde las almas de los justos, aún deudoras a la Justicia divina, terminan en el sufrimiento la expiación de sus pecados. Quienes mueren con pecados veniales en la conciencia o que no han hecho una penitencia suficiente por las faltas pasadas, aunque hayan recibido de Dios el perdón, van al Purgatorio. Sin duda, en este lugar de expiación se sufre mucho, pero, como estos sufrimientos solo duran un tiempo más o menos largo, la esperanza suaviza su amargura. Debemos cada día rogar a Dios que tenga misericordia, por los méritos de Su Hijo Jesucristo, de las pobres almas del Purgatorio, y en particular de las almas de nuestros padres y amigos.
El Cielo es más que un lugar: es la vida misma de Dios compartida con nosotros, la felicidad eterna en la visión y posesión de Aquel que nos ha creado por amor.
Aquí abajo, apenas podemos entrever este misterio. «El ojo del hombre no ha visto, su oído no ha oído, ni su mente puede imaginar lo que Dios tiene preparado para Sus elegidos», nos dice la Sagrada Escritura. Todo lo que la tierra contiene de alegrías, de bellezas y de consuelos no es más que un débil reflejo de la perfecta alegría que nos espera en Dios.
En el Cielo veremos a Dios cara a cara, en la claridad sin velo de Su luz; contemplaremos Su majestad, admiraremos Sus perfecciones infinitas y Lo amaremos con toda la fuerza de nuestro ser, porque Él es el Bien supremo, la fuente de toda belleza y de toda alegría. En Dios, con Él y por Él, amaremos a la Santísima Virgen, a los Ángeles, a los Santos, a nuestro padre, a nuestra madre, a nuestros hermanos y a nuestros amigos que hayan sido fieles a Su gracia.
Allí, todas las verdaderas alegrías del espíritu, del corazón y aun del cuerpo transfigurado serán nuestra herencia. En el Cielo ya no habrá lágrimas, ni duelo, ni ignorancia, ni hambre, ni sed, ni trabajo, ni pecado, ni muerte. Seremos plenamente felices, y esa felicidad, lejos de ser pasajera como las de la tierra, durará para siempre.
Y ahora, veamos: ¿quién de vosotros quiere tomar un billete para el Cielo? ¿Todos? Pues bien, así sea. El buen Dios les invita a todos, sin excepción, a venir a ocupar su lugar en el Paraíso. Sepan lo que hay que hacer para llegar: huir del pecado, practicar el bien o, en una sola palabra, amar a Dios por encima de todo. Cuando se ama verdaderamente a alguien, se teme hacerle sufrir. Así, si aman al Señor, evitarán todo lo que Lo ofende. Amen, pues, mucho a Dios en esta tierra, para obtener la gracia de amarlo eternamente allá arriba, en el hermoso reino del Cielo.
Un intrépido navegante, Cristóbal Colón, se embarca un día con algunos compañeros para buscar, más allá del horizonte, tierras nuevas que su genio le había hecho presentir. La navegación se realiza a vela: los días se suceden, idénticos, sobre el océano sin fin, y solo se ve el balanceo monótono de las olas y la línea inmutable del cielo.
Poco a poco, el ánimo de los marineros se debilita. Cansados, sacudidos por las tormentas, espantados por lo desconocido, murmuran, se rebelan, maldicen a su jefe. Varios incluso se niegan a continuar.
Colón, sin embargo, no cede. Una y otra vez levanta los ánimos abatidos:
«Tres días más –les dice–, tres días, y os daré un mundo nuevo. Allí terminarán vuestras penas: será el descanso y la felicidad».
Finalmente, en la mañana del 12 de octubre de 1492, un grito estalla desde lo alto de un mástil: «¡Tierra! ¡Tierra!». A lo lejos se dibuja una línea oscura, luego aparecen costas cubiertas de verdor y de flores. Es un mundo desconocido que surge: es América. La alegría desborda en las naves. Se abrazan, lloran, olvidan fatigas, peligros y desalientos. Todo queda transfigurado por una sola palabra: «¡Tierra!».
Pues bien, nosotros también estamos embarcados en un océano: el de la vida. Cada día debemos afrontar tempestades: nuestras pasiones que se levantan, el demonio que nos tienta, el mundo que nos arrastra. Mantener el corazón puro exige muchas luchas y esfuerzos constantes. Pero el esfuerzo es amor. Cuando se ama, el trabajo se vuelve más ligero, la carga menos pesada.
No nos dejemos, pues, abatir jamás por las pruebas. Dios ha prometido el Cielo a los valientes soldados de Cristo, y Dios no engaña. Al atardecer de nuestra vida, cuando alcancemos por fin el puerto deseado de la salvación, nuestro grito será el de los marinos de Colón, pero infinitamente más gozoso:
«¡Cielo! ¡Cielo! ¡Oh, qué felicidad! ¡El Cielo es mío, para siempre!»
Unos instantes de esfuerzo, unos años de sacrificio, nos habrán ganado una eternidad de felicidad.