Recordamos que Adán, habiendo desobedecido a Dios, fue expulsado del Paraíso terrenal y que, como castigo por esta grave falta, ni él ni sus descendientes pueden ya entrar en el Cielo. Se necesita una víctima para reparar la ofensa hecha a Dios. Entonces el Hijo de Dios mismo, lleno de amor por la humanidad, Se ofrece para cargar con la pena que hemos merecido, a fin de devolvernos la amistad de Su Padre. Desciende a la tierra, Se hace hombre tomando un cuerpo y un alma semejantes a los nuestros: este es el misterio de la Encarnación. Al hacerse hombre, sin embargo, Jesucristo – obsérvese bien – no deja de ser Dios. Es una sola Persona – el Hijo de Dios –, aunque posee dos naturalezas: la naturaleza humana y la naturaleza divina. Por Su naturaleza humana, sufre y adquiere méritos; por Su naturaleza divina, da un valor infinito a Sus sufrimientos y satisface así la justicia de Dios Padre, ofendido por nuestros pecados. A esto lo llamamos el misterio del Hombre-Dios.
El buen Jesús nació, hace un poco más de veinte siglos, en Belén, pequeña ciudad de Judea, en Tierra Santa. Vino al mundo el 25 de diciembre – la noche de Navidad – a la hora de la medianoche. ¡Qué hermoso es este pequeño Niño, qué amable es! Ninguna boca humana sabría decirlo. Su Madre, la Virgen María, al no haber encontrado refugio sino en un establo abandonado, Lo deposita sobre la paja de un pesebre. Habiéndolo envuelto en pañales según la costumbre de las madres, María Se postra para adorar a Aquel que es al mismo tiempo Su Hijo y Su Dios.
Los Ángeles del Cielo vienen a rendir homenaje al Niño divino. Van a llevar la noticia a unos humildes pastores del lugar y les indican cómo encontrar al Niño-Dios: «No temen, porque les anuncio una noticia que será para todo el pueblo una gran alegría. Hoy ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Entonan un canto de gozo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!». Estos pastores acuden a la gruta y, con el corazón lleno de fe, se arrodillan ante el Mesías finalmente dado al mundo.
Al cabo de un tiempo, unos magos – tres poderosos reyes de Oriente – llegan, guiados por una estrella milagrosa, y ofrecen ricos presentes al pequeño Jesús. En el humilde Niño del pesebre, todas estas almas sencillas reconocen a Dios hecho hombre para redimirnos.
Herodes, rey de los judíos, al enterarse por los magos del nacimiento de un Niño extraordinario, teme por su trono y ordena dar muerte a todos los niños de Belén y sus alrededores menores de dos años. Este horrible crimen es conocido en la historia como la Matanza de los Santos Inocentes. Advertidos por un Ángel de los perversos planes de Herodes, san José y su santísima Esposa, la Virgen María, huyen con el Niño Jesús a Egipto. Regresan algunos años más tarde y Se establecen en Nazaret, en Galilea. Allí, junto a María y José, Jesús, creciendo en edad y en sabiduría, ofrece durante muchos años el ejemplo de las más perfectas virtudes: humildad, obediencia a Sus padres, piedad, mansedumbre y amor al trabajo.
Un día, cuando Jesús tenía doce años, la Sagrada Familia fue a Jerusalén para las fiestas de la Pascua. En el camino de regreso, María y José pierden a Su querido Jesús. Lo buscan por todas partes, recorren las caravanas, van a casa de Sus conocidos. En vano. Jesús no aparece. Grande es Su dolor, porque estar con Jesús es ya el Paraíso; estar sin Jesús es un sufrimiento insoportable. Inquietos, la Santísima Virgen y san José buscan por todas partes al Niño divino. Finalmente tienen la dicha de encontrarlo, tres días después, en el Templo, donde responde a todas las preguntas de los doctores y les enseña Él mismo la Ley.