Hay un solo Dios –es decir, un ser infinitamente bueno y todopoderoso, que ha creado el cielo y la tierra y todo lo que contienen. Un ser es aquello que existe. Un árbol, un caballo, un hombre son seres. Dios es el más perfecto de todos los seres. Lo llamamos el Creador del cielo y de la tierra, porque los hizo por su omnipotencia y los hizo de la nada.
¿Ves ese avión que se eleva en las nubes? ¿Ves esos automóviles que corren por el camino? Nada de eso se ha hecho por sí solo. Fueron los hombres quienes los fabricaron. Del mismo modo, el mundo no se ha hecho solo. La existencia del mundo no es el resultado de un accidente ni del azar. La hermosa naturaleza no ha sido producida por el caos. Quien la hizo no es el hombre; pues ¿cómo podría un hombre colocar una estrella en el cielo o formar ese hermoso sol luminoso?... Es Dios quien es el Creador del mundo. Solo Dios ha hecho todo con la perfecta armonía que reina en la naturaleza.
Hay un Dios, pero ¿hay más de uno?... Los paganos, en la antigüedad, creían que había varios dioses. Algunos ignorantes todavía hoy adoran al dios de los bosques o al dios del mar. Es un error absurdo. Dios, siendo por definición el Ser infinitamente perfecto y todopoderoso, no puede ser más que uno. Pues uno sería mejor o más poderoso que otro.
Todo ser humano tiene cualidades y defectos. El buen Dios, en cambio, solo posee cualidades perfectas. Es infinitamente amable, infinitamente inteligente, infinitamente justo, infinitamente poderoso. Es el Amor infinito. Se dice que es un Espíritu puro, porque no tiene, como nosotros, un cuerpo que pueda ser visto con los ojos o tocado con las manos.
Solo Dios puede colmar el corazón humano. Él es la fuente de toda belleza, de toda bondad, de toda felicidad y de toda perfección.
Siendo un Espíritu puro, el buen Dios está al mismo tiempo en el cielo, en la tierra y en todo lugar. Además, es eterno, es decir, no ha tenido comienzo ni tendrá jamás fin. Tú no existías antes. Dentro de algunos años habrás muerto. El buen Dios, en cambio, siempre ha existido y nunca morirá.
¿Quién podrá decir lo que Dios es en sí mismo?... Cuando quiso describirlo, san Juan, que había aprendido muchos secretos de la boca misma de Jesucristo, decía: «Dios es Amor». Nuestra débil inteligencia debe inclinarse con respeto ante la majestad divina y creer firmemente lo que nos ha sido revelado sobre este punto por el mismo Hijo de Dios. «Id – dijo a los Apóstoles – enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea será condenado».
Estas palabras nos indican que en Dios hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estas tres personas son distintas entre sí, no solo de nombre, sino realmente. El Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo. El Hijo no es el Espíritu Santo ni el Padre. El Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo. Son tres, formando tres personas absolutamente iguales, pero constituyen un solo Dios. Esto es lo que se llama el misterio de la Santísima Trinidad.
Un misterio es una verdad que Dios ha revelado al hombre y que nuestra débil razón no puede comprender. Sin pretender comprenderlo todo, debemos creer las verdades que Dios ha revelado a los hombres.
Todo cristiano debe procurar rendir cada día homenaje a la Santísima Trinidad. Para ello basta con hacer sobre sí la señal de la cruz, que es en sí misma un homenaje a las tres Personas divinas. Se hace la señal de la cruz llevando la mano derecha a la frente, al pecho, al hombro izquierdo y al hombro derecho, diciendo en cada gesto: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo –y de la Madre de Dios. Amén».
Se añade «y de la Madre de Dios» porque la Santísima Virgen María es Hija de Dios Padre, Esposa del Espíritu Santo y Madre de Dios, y por ello está íntimamente unida a la Santísima Trinidad. Debemos amar, honrar y glorificar a la Santísima Virgen María, pero no La adoramos.
San Agustín (354-430) fue obispo de la ciudad de Hipona, en el norte de África. Es uno de los sabios más eminentes que han dado gloria a la Iglesia.
Un día, se encontraba a orillas del mar, paseando por una playa desierta. Las olas venían a morir suavemente en la orilla, y su cadencia armoniosa mecía los pensamientos del ilustre sabio. Sumido en profunda meditación, reflexionaba sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Con mirada penetrante, el gran obispo prolonga durante horas su paseo y sus esfuerzos intelectuales.
Con insistencia repetía: «¿Qué sois Vos, oh Dios mío, sino el Creador y el Señor de todas las criaturas? Ciertamente, si por la obra se reconoce al artífice, es evidente para toda mirada atenta que el universo es como un reloj cuyos movimientos están demasiado bien ordenados para ser fruto del azar. Ha sido necesaria una Inteligencia infinita para construir este universo, así como una Sabiduría infinita para conservarlo. Esto mi débil razón lo comprende fácilmente. Lo que se le escapa es lo que sois en Vos mismo, oh Dios mío. Queréis que crea que sois un solo Dios en tres personas. Pero ¿cómo pueden tres personas ser un solo Dios?... Busco y no comprendo…»
Y el intenso esfuerzo de su pensamiento fruncía la noble frente de aquel hombre penetrante.
De pronto, el obispo ve a pocos pasos de él a un niño gracioso que, habiendo hecho un pequeño hoyo en la arena, parece muy ocupado en verter en él agua. Va y viene entre el inmenso océano y su lugar de juego.
«¿Qué haces ahí, pequeño?», dice sonriendo Agustín.
«Quiero –responde el niño– poner en este hoyo toda el agua del mar».
«¡Pobre niño! – exclama el obispo –. Nunca lo lograrás. Eso no es posible. Ese hoyo es diminuto y el océano es inmenso. Ningún ser humano puede medir su profundidad ni su extensión. ¡Es una locura!».
«Sabed – replica el niño – que es aún menos sensato querer comprender, con la sola inteligencia humana, la sublime naturaleza de Dios».
Dichas estas palabras, el niño desaparece al instante. Era un ángel que el buen Dios había enviado bajo forma humana para iluminar al sabio Agustín.
Reconociendo su error, el piadoso obispo se arrodilla en la orilla para adorar a un solo Dios en tres personas. Desde entonces, hace callar su razón y, con la sencillez de un corazón de niño, cree firmemente en el misterio de la Santísima Trinidad sin buscar ya comprenderlo.