Al principio no había nada, solo un gran silencio; nada existía, era la nada. No había soplo de viento, ni estrellas en el cielo, ni flores que se mecieran bajo un sol que aún no existía. No había siquiera un pájaro para cantar. Y de pronto, de esa nada, Dios creó el cielo y la tierra. No solo produjo ese vasto cielo azul que vemos sobre nuestras cabezas, sino también otro Cielo, invisible a nuestros ojos, que pobló de Ángeles, seres espirituales de una belleza y una inteligencia incomparables. La más perfecta armonía reina entre ellos, porque todos adoran, aman y sirven a Dios con todo su corazón.
En las alturas infinitas del Cielo, donde la luz divina baña cada rincón con una belleza inconcebible, se desarrolla un día un drama de intensidad sin igual. No es con simples palabras como se prueba el amor: es necesario demostrarlo con actos concretos y costosos. Dios, en su infinita sabiduría, decide poner a prueba el amor de sus criaturas más cercanas, los ángeles, esos seres de pura luz que creó para adorarlo y servirlo. Si salen victoriosos en esta prueba de amor, los ángeles podrán ver a Dios, el Amor supremo, cara a cara.
El Creador revela a los ángeles un proyecto que le es querido: la creación de la humanidad. Estos seres de carne y sangre serán de naturaleza inferior a la suya. Les confía su designio de encarnarse entre los hombres, tomando un cuerpo para vivir en medio de ellos.
Pero no es todo. Dios, en su amor infinito, anuncia la venida de una Madre, una criatura de pureza absoluta, joya de inocencia y santidad. Esta Mujer, la Inmaculada, será el vaso elegido para dar al mundo al Hijo de Dios.
Con respeto, los ángeles escuchan la petición divina: comprenden que deberán inclinarse ante este Hijo encarnado, Dios mismo, y venerar a su Madre Inmaculada. Esta petición, sencilla en apariencia, sacudirá los fundamentos mismos del Cielo.
Entre las milicias angélicas, Lucifer resplandece con fulgor incomparable. Pero tras ese esplendor se oculta una sombra oscura y traicionera. Cegado por su propia magnificencia, contempla su belleza como si proviniera de sí mismo. El veneno del orgullo se insinúa en él.
¿Cómo podría el Altísimo amar a criaturas de carne, preferirlas a los ángeles hasta el punto de hacerse semejante a ellas? ¿Por qué ese polvo tendría una cercanía tan íntima con Él? Este pensamiento lo consume más que el fuego. El amor que tenía por Dios se transforma en un odio implacable y eterno.
Entonces Lucifer se alza contra la voluntad divina. Su voz, antes armoniosa, se convierte en un grito de furia que resuena en todo el Cielo y arrastra en su rebelión a un tercio de los ángeles.
Es entonces cuando se levanta san Miguel, el campeón de Dios. Es uno de los más pequeños entre los ángeles, pero ama a Dios sobre todas las cosas. Blandiendo su espada de fuego, proclama: «¿Quién como Dios?». Su grito de combate enardece a los ángeles fieles. Una batalla feroz se desencadena entre las legiones angélicas, enfrentando a los fieles con los rebeldes seducidos por el demonio.
Las lanzas de fuego surcan el cielo, las espadas celestiales chocan con estruendo. Pero Miguel, sostenido por el poder de Dios, no vacila. Con fuerza indomable, rechaza a los rebeldes. En un asalto final, atraviesa las filas enemigas y se enfrenta a Lucifer en persona. Consumido por la rabia, Lucifer lanza un grito terrible que desgarra los cielos: «Non serviam! ¡No serviré… jamás me someteré!». El combate sacude los cielos hasta que Miguel, con un golpe fulminante, derriba a Lucifer, ya convertido en Satanás, y a todos sus secuaces.
Vencidos, Satanás y sus ángeles caídos son precipitados desde lo alto de los cielos, despojados para siempre de su gloria. Arrojados al infierno que su propio orgullo ha engendrado, quedan condenados a tormentos sin fin por haber desafiado la autoridad del Todopoderoso. En el infierno sufren tormentos extremos y jamás saldrán de allí.
Así, por la mano del arcángel san Miguel, la rebelión es sofocada y el orden celestial queda restablecido.
Así concluye esta prueba de los ángeles, mostrando que el verdadero amor solo puede florecer en la humildad y la obediencia. Los ángeles fieles, que han probado su amor y su fidelidad, resplandecen con un brillo renovado, mientras el plan divino para la humanidad puede desplegarse en toda su grandeza. Príncipe de las milicias celestiales, san Miguel Arcángel vela sobre el universo, dispuesto a combatir y abatir toda fuerza del mal que ose levantarse contra el Altísimo.
Esta historia, que jamás será olvidada, nos recuerda que el verdadero amor se revela en la prueba y que la fidelidad a Dios es el único camino hacia el Cielo.