«¡Al final, Mi Corazón Inmaculado triunfará!»
Promesa de la Virgen en Fátima
Comenzamos haciendo devotamente la SEÑAL DE LA CRUZ, que es el signo del cristiano:
En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y de la Madre de Dios. Amén.
Ofrenda del Rosario
Me uno a todos los Santos que están en los Cielos, a todos los justos que están en la tierra, a todas las almas fieles que hay en este lugar. Me uno a Vos, Jesús mío, para alabar dignamente a Vuestra Santísima Madre y alabaros en Ella y por Ella.
Renuncio a todas las distracciones que me sobrevengan durante este Rosario. Quiero rezarlo con modestia, atención y devoción, como si fuera el último de mi vida. Amén.
El Símbolo de los Apóstoles
CREO EN DIOS, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra: y en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia de Jesucristo, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan tres Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
MISTERIOS GOZOSOS
1º misterio: La Anunciación y la Encarnación del Verbo
Contemplemos al Arcángel Gabriel anunciando a María que será la Madre de Dios. María Se somete a la Voluntad divina: ¡Fiat! He aquí la Sierva del Señor; ¡hágase en Mí según vuestra palabra! Fiat: es el resumen de toda la vida de la Santísima Virgen; Se sometió a la voluntad de Dios. Ella es nuestro modelo; nos ha trazado el camino perfecto, el camino infalible. Si somos Sus hijos devotos, si queremos hacerla feliz, debemos seguir Sus pasos.
La humildad de la Virgen María es la escalera por la cual Dios ha podido bajar hasta nosotros; esta humildad Le valió la gracia de convertirse en la Madre de Dios: ¡qué gran privilegio! Más tarde, una mujer maravillada por las enseñanzas del Salvador exclamará: Bendito el vientre que Le dio a luz, es decir: ¡Qué afortunada es Vuestra Madre! Pero Jesús rectifica inmediatamente: ¡Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen! Nuestro Divino Maestro quiso mostrarnos que sobre todo, lo que hizo grande a la Santísima Virgen fue Su amorosa sumisión a la menor Voluntad divina.
Pidamos la gracia de estar, como la Virgen María, enteramente sumisos en las manos de Dios, de estar atentos a la voz de Dios que nos habla por medio de Sus inspiraciones, de corresponderle fielmente cumpliendo Su santa Voluntad. De esta manera, Jesús podrá encarnarse en nosotros como en Su Madre.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
2º misterio: La Visitación de María a Su prima Isabel
Contemplemos a nuestra Madre en esta visita a Su prima Isabel. Admiremos el recogimiento de María durante este viaje de caridad. No había emprendido este viaje para satisfacer Su curiosidad, para divertirse, sino por pura caridad hacia Su prójimo. Pidámosle Su caridad, Su celo por la salvación de las almas, Su espíritu sobrenatural y Su pureza de intención. Todas nuestras actividades deben hacerse para complacer sólo a Dios, en el espíritu de amor a Dios y al prójimo, sin buscar nuestra satisfacción personal.
Veamos cómo Santa Isabel felicita a María por el privilegio de dar a luz al Salvador del mundo. Pero María da inmediatamente toda la gloria a Dios. No Se atribuye en absoluto el mérito de las grandes gracias que Dios Le ha concedido: ¡MAGNÍFICAT! Mi alma glorifica al Señor... ¡porque Él ha hecho en Mí grandes cosas! Demos gracias a Dios por todo el bien que hay en nosotros; de lo contrario, somos ladrones, apropiándonos de la gloria que sólo corresponde a Dios. No intentemos nunca sacar vanidad y estima de los dones que Dios nos ha concedido en Su bondad; la soberbia nos aparta de la gracia divina.
Pidamos a María que nos obtenga de Dios la gracia de imitarla en todas nuestras acciones; trabajemos sólo para agradar a Dios y por caridad hacia el prójimo. Pidamos la caridad de nuestra Madre, esa caridad que es la señal de los discípulos de Cristo: Por esta señal todos conocerán que sois discípulos Míos, si os amáis los unos a los otros. Pidamos el amor verdadero, el amor sincero, para amarnos en la verdad.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
3º misterio: El Nacimiento de Jesús en el establo de Belén
Contemplemos a Jesús en Belén. Nuestro Salvador, el Creador del cielo y de la tierra, viene al mundo en un establo; Su Madre Lo envuelve en pañales y Lo recuesta en un pesebre para animales. Nace en la más dura pobreza para enseñarnos el desprecio de los bienes terrenales, el amor por las cosas humildes, el amor por los pobres. Desde Su nacimiento hasta Su muerte en la cruz, nos dio el ejemplo de manera tan elocuente.
Pidamos el desapego de las cosas de la tierra, el amor a la pobreza, la indigencia. El hombre es orgulloso; ama todo lo que brilla. Los bienes de la tierra le atraen. Deseemos vivir, si es posible, en gran pobreza, en la necesidad misma, para asemejarnos a nuestro divino Maestro. Cuanto más nos separamos de las cosas terrenales, hermanos míos, más crecemos en el amor por las cosas divinas, y cuanto más nos aferramos a las cosas terrenales, más disminuye el amor de Dios en nosotros. Es el gran secreto; todos los Santos han practicado el desprendimiento de los bienes de este mundo.
Toda Su vida nuestro Señor vivió y predicó la pobreza y el desapego: El Hijo del Hombre no tiene ni una piedra donde reclinar Su cabeza. – El que no renuncia a todo, no puede ser Mi discípulo. – Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. – S i quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, da el precio a los pobres, luego ven y sígueme.
Pidamos a nuestro buen Maestro que nos dé la gracia de apreciar la pobreza, de vivir esa pobreza que tanto Se ha esforzado en enseñarnos.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
4º misterio: La Presentación de Jesús en el Templo
Contemplemos a Jesús llevado al Templo por Sus padres, ofreciéndose a Su Padre para la redención del mundo. Ofrezcámonos con Jesús para cumplir todo lo que Dios quiera de nosotros. Digamos en unión con nuestro Redentor: Aquí estoy, Padre, para hacer Tu santa voluntad. Nuestra ofrenda personal no es de gran valor en sí misma, pero unida a la ofrenda de Jesús, adquiere un valor infinito. Pidámosle que nos ayude a hacer la entrega total de nosotros mismos, por medio de la fuerza de Su gracia.
Este misterio también incluye la Purificación de María; el término no es exacto, ya que María la más pura no necesitaba purificación. Se sometió a esta ceremonia por espíritu de humildad; ninguna mancha llegó a la Santísima Virgen. ¡Pidamos a nuestra Madre por esta pureza de alma, por la ausencia de todo lo que puede desagradar a Dios, que vivamos bajo la mirada divina! Pensemos siempre que Dios nos ve: Camina en Mi presencia y serás perfecto; es decir: piensa que Dios te ve, que conoce tus pensamientos, tus intenciones más secretas. Nada se Le escapa; ve todos los recovecos de tu alma.
Podemos engañar a los hombres; los hombres también pueden equivocarse respecto a nosotros, pero Dios sopesa los pros y los contras. Pidamos a la Santísima Virgen, Ella, que es la Pureza misma, la gracia de caminar recto ante Dios. Que nuestra única preocupación sea de agradar a Dios, aunque todo el universo se uniera en nuestra contra.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
5º misterio: La pérdida y el hallazgo de Jesús en el Templo
Contemplemos a Jesús en medio de los doctores, Él, la Sabiduría infinita. Pidámosle que nos comunique un poco de Su Sabiduría, que nos dé Su Espíritu, que nos dé a conocer Su pensamiento divino.
Durante tres días María y José buscaron a su pequeño Jesús; lloraban. ¡Cuánto sufren estos santos personajes! A veces pensamos que el hecho de que queremos servir a Dios todo irá bien, que no tendremos nada que sufrir. ¡Pero no! La cruz, el sufrimiento, es la suerte de los elegidos. Dios da la cruz a Sus amigos más queridos. Nuestro Señor no quiso librar a Su Santísima Madre de toda clase de penas, problemas y dificultades. La cruz es el precioso tesoro que Dios ha dado a la humanidad. Es con la cruz que Dios marca a Sus elegidos. Todos los Santos vivieron en un continuo sufrimiento, pero experimentaban la alegría interior porque sufrían por amor a Dios.
María y José encontraron a Jesús en el Templo después de tres días de amarga angustia. «¿Por qué nos hiciste esto? Tu padre y Yo Te buscábamos muy afligidos.» Jesús le responde a Su Madre de una manera bastante sorprendente: «¿No sabíais que tengo que atender los asuntos de Mi Padre?» Dios pasa primero, incluso antes que nuestros padres. Ningún mortal debe impedirnos obedecer a Dios. Es la gran lección que Jesús viene a enseñarnos por este misterio.
Pidamos la gracia de no perder nunca a Jesús, que es la fuente de todo bien, de toda felicidad. Antepongamos la amistad de Dios a cualquier otra cosa. Sólo Dios debe contar para nosotros; lo demás es nada. Si tenemos a Dios, tenemos la fuente de los bienes que nunca pasarán; quien tiene a Dios lo tiene todo.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
Dios Te salve, ¡Reina y Madre!
Dios Te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios Te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. ¡Ea pues, Señora, Abogada nuestra! vuelve a nosotros esos Tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de Tu vientre.
¡O clemente! ¡O piadosa! ¡O dulce Virgen María!
Oremos: Omnipotente y sempiterno Dios, que por la acción del Espíritu Santo has preparado el alma y el cuerpo de la gloriosa Virgen y Madre, María, para que fuese digna morada de Tu Hijo, concédenos, a los que nos alegramos con Su conmemoración, vernos libres por Su piadosa intercesión de los peligros que nos amenazan y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo Señor nuestro. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y de la Madre de Dios. Amén.
MISTERIOS DOLOROSOS
1º misterio: La Agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní
Pidamos la gracia de comprender toda la malicia del pecado; es la causa de la mortal agonía y dolorosa Pasión de Nuestro Señor. Pidamos el temor de ofender a Dios, la contrición por nuestras faltas, el arrepentimiento por nuestros pecados, la compunción del corazón.
Oremos por la conversión de los pecadores y especialmente por nuestra propia conversión. Imploremos a Dios que nos conceda la gracia de la conversión. Que nos haga comprender que la única gran desgracia que puede ocurrirle a un ser humano es perder la gracia de Dios y Su amistad divina. Lo demás es nada: perder la salud, perder la fortuna, o incluso la vida misma… Todos tendremos que morir algún día. Tarde o temprano, la muerte se llevará cada una de nuestras vidas, y en ese momento perderemos todo lo que poseemos aquí abajo. No nos llevaremos nada a la tumba.
Lo único que jamás desaparecerá es nuestra alma, llamada a la bienaventuranza eterna. Poseerá esta felicidad sin fin si está unida a Dios a través de la gracia. En cambio, si la hora de la muerte la encuentra separada de la gracia divina, perderá la felicidad eterna a la que Dios la había destinado. Pidamos la gracia de comprender la importancia primordial de la salvación de nuestra alma, esa alma que ha costado la Sangre de Dios.
Recemos por los agonizantes, y por todos aquellos que comparecerán ante Dios en este día.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
2º misterio: La Flagelación de Jesús
Contemplemos a nuestro Salvador desgarrado de pies a cabeza por los látigos de los verdugos. Por este misterio, pidamos la gracia de la mortificación, del espíritu de penitencia. San Pablo dice: Los que pertenecen a Cristo han crucificado su carne con sus pasiones y deseos. Es el camino indispensable si queremos ser cristianos, verdaderos discípulos de Jesucristo. Pidamos, para nosotros y para todos nuestros hermanos y hermanas, la gracia del espíritu de oración y de penitencia, por el cual el mundo será salvado. La oración y la penitencia purifican las almas y las santifican. Pidamos estas gracias por los méritos de las Santas Llagas de Nuestro Señor, por esta flagelación dolorosa que sufrió para expiar nuestros pecados.
Según las revelaciones hechas a Santa Brígida y a otros Santos, el cuerpo de Jesús era una sola herida abierta. Las imágenes que reproducimos disminuyen enormemente la realidad. Si fuéramos a representar a Jesús como era, no Se vería como un hombre. Como dice el Salmo, Soy un gusano, y no un hombre, el oprobio de los hombres y el desecho del pueblo… Me han traspasado las manos y los pies; han contado todos Mis huesos. La carne de Jesús estaba tan desgarrada que se podían ver Sus huesos. Nuestro Señor sufrió tan atroz flagelación en reparación de todos los pecados de la carne.
Pidamos, por los méritos de esta cruel flagelación, la mortificación necesaria que nos hará verdaderos cristianos; pidamos a Jesús, por los méritos de Sus Santas Llagas, que sane las heridas de nuestras almas y nos ayude a mantener una gran pureza de cuerpo y espíritu.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
3º misterio: Jesús coronado de espinas
Contemplemos a Jesús recibiendo el ignominioso ultraje de la corona de espinas: los soldados Lo convirtieron en un rey de teatro, se burlaron y se mofaron de Él. Cristo nuestro Salvador fue ultrajado y ridiculizado hasta el último grado. Los verdugos Le pusieron en la cabeza una corona cruel, cuyas espinas atravesaron Su adorable cabeza por todos lados. Fue una tortura inaudita. Sólo el Dios Hombre podía soportar tan atroces dolores; Jesús sufrió más allá de todo lo que podemos imaginar.
Soportó este terrible tormento de la corona de espinas para expiar todos los pecados de la mente humana, del hombre que se cree más sabio que Dios, que se rebela, quiere analizarlo y sopesar todo, quiere razonar sobre todo. Pidamos a Nuestro Señor la humildad, la mortificación del espíritu, el sacrificio de nuestro juicio con espíritu de fe; pidámosle la humildad de la que nos da ejemplo en este misterio. Hoy en día, los «cabeciduros» quieren entenderlo todo, explicarlo todo. Tener fe significa creer sin razonar, caminar sin entender. En cuanto las cosas se vuelven claras y evidentes, dejamos de caminar por el camino de la fe.
Pidamos esta gracia de la mortificación del espíritu, la gracia de ser como niños pequeños por medio de la humildad del espíritu y la sencillez del corazón, para poder entrar en el cielo: Si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pidamos la gracia de estar dispuestos a sufrir cualquier cosa por amor a Dios: insultos, humillaciones, desprecios.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
4º misterio: Jesús lleva la Cruz a cuestas
Sigamos a nuestro Salvador en el camino al Calvario. Pidamos a la Santísima Virgen que nos obtenga la gracia de llevar nuestra cruz con valentía, con amor, como Jesús pide a todo cristiano: Si alguien quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y que Me siga, que siga Mis pasos. Negarse a sí mismo significa dejar el «yo» de lado, ir en contra de las tendencias naturales. Debemos pisotear nuestros deseos carnales, es decir, todos los deseos naturales en nosotros, que no están en conformidad con la Santa Voluntad de Dios. El hombre busca todo lo que le puede dar placer y huye de todo lo que le puede molestar. Tomar su cruz diariamente y seguir a Jesús significa vivir continuamente en el espíritu de sacrificio y mortificación.
Examinémonos sinceramente: ¿Soy realmente un discípulo de Jesucristo? ¿No soy a menudo un discípulo del mundo y de sus máximas? ¿No soy un discípulo de mí mismo, siguiendo mis tendencias, mis pequeños caprichos, mi voluntad propia, en lugar de conformar mi vida a las exigencias de la enseñanza evangélica?
Dios no espera que seamos perfecciones; el hombre es miserable, decaído por el pecado original e inclinado a todo vicio. Pero Dios quiere que el hombre se humille y reconozca su miseria, que se rebaje y tome su cruz diariamente. Nuestro Señor cayó varias veces en Su camino hacia el Calvario, precisamente para mostrarnos que podemos tener la desgracia de caer, pero que debemos levantarnos muy rápidamente, volver a tomar nuestra cruz y de nuevo seguir valientemente a Jesús. Por este misterio, pidamos la paciencia y el amor a la cruz.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
5º misterio: La Crucifixión y Muerte de Jesús
Contemplemos a nuestro Redentor clavado en la cruz y derramando hasta la última gota de Su Preciosísima Sangre para abrirnos la puerta del cielo. Pidamos a Nuestra Señora de los Dolores Infinitos que nos obtenga la gracia de tener siempre presente el pensamiento de la Pasión de Nuestro Señor. El recuerdo de los sufrimientos de nuestro Salvador es un gran consuelo en las penas de esta vida, un estimulante para animarnos a sacrificarnos a nuestra vez por amor a Dios. Cuando vemos a Jesús tratado así, ya no tenemos ganas de quejarnos, nosotros que somos criaturas miserables. La vista de las humillaciones de Jesús nos hace aceptar el desprecio y la humillación como algo que nos corresponde. Unamos nuestros pequeños sufrimientos terrenales a los de Jesús, para darles mérito y valor infinito.
La cruz hace santos o reprobados. El buen ladrón aceptó su sufrimiento y se salvó. El ladrón malo se enfureció y blasfemó; su rechazo a la cruz lo llevó a la perdición. El sufrimiento hace crecer a las almas si lo aceptan con amor y sumisión, pero es una ocasión de perdición para los que se rebelan y murmuran contra Dios. Aprovechemos bien las contradicciones, los sufrimientos y las humillaciones que Dios pone en nuestro camino para hacernos progresar espiritualmente; los sufrimientos son las gracias de Dios por excelencia.
Pidamos a nuestra buena Madre celestial que nos obtenga de Su divino Hijo Crucificado la gracia de arder en Su Amor Infinito y de perseverar en Su Amor hasta el final; que seamos almas generosas, dispuestas a todo, a pesar de nuestras miserias y debilidades.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
Dios Te salve, ¡Reina y Madre!
Dios Te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios Te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. ¡Ea pues, Señora, Abogada nuestra! vuelve a nosotros esos Tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de Tu vientre.
¡O clemente! ¡O piadosa! ¡O dulce Virgen María!
Oremos: Omnipotente y sempiterno Dios, que por la acción del Espíritu Santo has preparado el alma y el cuerpo de la gloriosa Virgen y Madre, María, para que fuese digna morada de Tu Hijo, concédenos, a los que nos alegramos con Su conmemoración, vernos libres por Su piadosa intercesión de los peligros que nos amenazan y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo Señor nuestro. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y de la Madre de Dios. Amén.
MISTERIOS GLORIOSOS
1º misterio: La Resurrección de Jesús
Contemplemos a Jesús saliendo glorioso de la tumba. Venció la muerte. El mundo no puede hacer nada contra Dios. Dios lo deja actuar, pero al final, Su omnipotencia vencerá los poderes de las tinieblas.
Los Apóstoles se desanimaron por la muerte de Nuestro Señor. Todo lo habían juzgado humanamente; para ellos, Jesús Crucificado y enterrado en la tumba era un desastre, la ruina de todas sus esperanzas. Aún no habían entendido que todo tenía que suceder de esta manera. Jesús dijo a los discípulos de Emaús, que también estaban desanimados por la muerte de Jesús: «¿No era preciso que el Cristo sufriera estas cosas y entrara así en Su gloria?» Y les explicó las Escrituras.
Es a la luz del Evangelio que comprenderemos el pensamiento de Dios. Jesús dijo a los saduceos: Estáis en el error porque no conocéis las Escrituras… Para conformar nuestro pensamiento con el pensamiento de Dios, debemos deshacernos de todos nuestros pensamientos personales. Vaciémonos para que Jesús pueda llenarnos de Él. Para poner un licor en un jarrón, primero debemos vaciarlo. No se puede juntar el vino y la gasolina: no tendrías ninguno de los dos.
Lo sobrenatural y lo natural no se mezclan: Nadie puede servir a dos amos; porque o bien odiará al uno y amará al otro, o bien se aferrará al uno y despreciará al otro. Pidamos a Jesús Resucitado la gracia de vaciarnos de todo lo humano y natural para llenarnos de Su espíritu divino y sobrenatural.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
2º misterio: La Ascensión de Jesús
Transportémonos al Monte de los Olivos donde se reúnen los Discípulos. Jesús les da Sus últimas instrucciones antes de subir al cielo: Id y enseñad a todas las naciones… enseñándoles a hacer todo lo que os he ordenado.
Es especialmente a través de nuestras vidas que debemos dar a conocer a Dios. El testimonio de nuestra vida será más convincente que todas nuestras palabras. Nuestra vida debe demostrar que Dios es más interesante que cualquier otra cosa. Si nos interesamos por las cosas del mundo, si somos mundanos, sensuales, curiosos, hoscos, las almas no se sentirán atraídas hacia Dios. Nuestra vida debe mostrar que Dios es la fuente de la felicidad.
No son las palabras bonitas las que convierten. Una o dos palabras dichas tal vez muy torpemente, por un Santo todo sacrificado a Dios, son mucho más eficaces para convertir un alma que los discursos untuosos de los predicadores elocuentes. Porque vivió lo que enseñó, San Francisco de Asís conmovía a las multitudes con unas pocas palabras, aunque torpes. Para ser verdaderos apóstoles, es de suma importancia ser almas entregadas a Dios, totalmente inmoladas. De lo contrario no seremos más que címbalos resonantes, como dice San Pablo; nuestra actividad será infructuosa en las almas si nuestra vida no corresponde con nuestras palabras.
Jesús subió al cielo para preparar un lugar para nosotros, como lo dijo a Sus apóstoles. Pidamos la gracia de merecer este lugar que Dios nos reserva, esta felicidad eterna que quiere concedernos, a través de una vida totalmente dedicada a Su servicio, a imitación de Jesús. Sigamos los pasos de Jesús para poder seguirlo en la gloria de la casa de nuestro Padre.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
3º misterio: La venida del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen y los Apóstoles
Admirémonos del poder de las operaciones del Espíritu Santo en los Apóstoles: Por muy temerosos que fueran, Pentecostés los hizo fuertes y valientes, listos para el martirio. Pidamos al Espíritu Santo que produzca este cambio en nosotros, esta transformación, para que podamos realizar plenamente lo que Dios espera de nosotros. Roguémosle que nos haga fieles a Su gracia y dóciles a Sus inspiraciones divinas. La fidelidad a una gracia dispone al alma para recibir otras. Es la fidelidad a la gracia lo que produce a los Santos. Dios da Su gracia a todos; los que corresponden a ella se hacen Santos, mientras que otros permanecen mediocres o malvados.
Dios está ansioso por derramar Sus dones abundantemente sobre el mundo, pero necesita instrumentos dóciles. Pidamos obediencia a las luces de Dios y el silencio interior que nos permitirá escuchar la voz divina. Dios habla a las almas, pero para escucharlo necesitamos silencio interior: debemos trabajar para silenciar todos los ruidos interiores, los ruidos de nuestras pasiones, de nuestras revueltas y murmullos interiores, de nuestros juicios humanos, para desear sólo el cumplimiento de la Voluntad Divina.
Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda la abundancia de Sus dones: el don de fortaleza que nos da el valor de emprender todo por Dios sin temor a los hombres; el don de inteligencia que nos hace comprender las cosas de Dios y nos hace descubrir el esplendor de las verdades eternas; el don de sabiduría que nos hace apreciar las cosas de Dios por encima de todo, que hace que todo en la tierra sea irrelevante para nosotros.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
4º misterio: La Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo
Contemplemos a la Santísima Virgen que sube al cielo para recibir la recompensa de Su vida conforme en todo con la Santa Voluntad de Dios. Pidamos realizar, siguiendo el ejemplo de nuestra buena Madre, todos los designios de Dios para nosotros. Demostremos nuestra devoción por Ella imitándola en todo.
Pidamos a nuestra Madre celestial que pasemos nuestra vida terrena haciendo el bien como Ella lo hizo. Que nuestra compañía sea provechosa para todos, que seamos motivo de alegría para nuestro prójimo. La Santísima Virgen era modesta y humilde; Se hizo la Sierva de todos. La gente que vivía en Su compañía no podía sospechar todos los privilegios y prerrogativas que había recibido del Cielo, tan sencilla era María, sin ninguna afectación. Parecía una persona muy ordinaria, pero brillaba por Su humildad, por Su modestia, por Su amabilidad, por Su dedicación, por Su caridad y Su bondad.
Pidámosle que caliente nuestros corazones con el fuego de Su Inmaculado Corazón ardiendo en amor por Sus hijos de la tierra; que nos llene con Su generosa caridad. Sobre todo, pidámosle que nos inculque Su humildad; sin humildad no puede haber verdadera caridad. Agradezcamos a nuestra Madre todo lo que ha hecho por nosotros: fue Corredentora con Su divino Hijo para lograr nuestra salvación. María continúa cuidando nuestras almas; interviene continuamente para proteger a Sus hijos aquí en la tierra. Agradezcámosle por Sus visitas a la tierra.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
5º misterio: La Coronación de la Santísima Virgen María
Contemplemos a la Santísima Virgen María coronada por Su divino Hijo. Recibe la recompensa de Su vida santa. ¡Qué feliz es de haberse sacrificado en la tierra, de haber sufrido por amor a Dios! Pidamos ser almas fuertes, dispuestas a todo, a sufrir todo para merecer una hermosa corona en el cielo, como la Virgen Santísima; Su corona, no la robó.
Estamos en la tierra sólo de paso. Todo desaparecerá para nosotros en este mundo, pero el Cielo permanece. Si servimos fielmente a Dios en esta corta vida, pronto nos uniremos a los Santos en el Cielo para disfrutar de una eternidad de inconmensurable felicidad con nuestro Dios tan bondadoso, con Jesús, nuestro Salvador, y con nuestra buena Madre en el Cielo. Este es el propósito de nuestra peregrinación en este mundo, no lo olvidemos ni por un momento. Nuestra pequeña vida pasa muy rápido y pronto estaremos en el otro mundo.
El mundo se atolondra; quiere disfrutar de la vida, divertirse. Todo lo que quedará de nuestra vida es haber trabajado para Dios, haber sacrificado todo por Su amor.
Levantemos nuestras almas a Dios sin cesar. No nos mantengamos pegados a la tierra; es demasiado deprimente mirar tantas cosas feas y asquerosas. Tenemos que levantarnos de la tierra, mirar todo en Dios, subir por encima de las nubes como un avión. Subamos por encima de todas las miserias de este mundo, subamos al Cielo de Dios.
Pidamos la protección de la Santísima Virgen, Su asistencia, Su consejo. Consagrémonos a esta bondadosa Madre. Confiemos a Ella todo lo que nos concierne. Pongamos todo en Sus manos: Ella nos cuidará como una buena Madre. Pidámosle que nos enseñe a conocer y amar a Su Jesús, a servirle y a complacerle en todo. Amén.
PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
Se rezan diez Ave María
DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
GLORIA AL PADRE, al Hijo, y al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
OH JESÚS MÍO, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Vuestra misericordia.
(Oración pedida por Nuestra Señora en Fátima)
Dios Te salve, ¡Reina y Madre!
Dios Te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios Te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. ¡Ea pues, Señora, Abogada nuestra! vuelve a nosotros esos Tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de Tu vientre.
¡O clemente! ¡O piadosa! ¡O dulce Virgen María!
Oremos: Omnipotente y sempiterno Dios, que por la acción del Espíritu Santo has preparado el alma y el cuerpo de la gloriosa Virgen y Madre, María, para que fuese digna morada de Tu Hijo, concédenos, a los que nos alegramos con Su conmemoración, vernos libres por Su piadosa intercesión de los peligros que nos amenazan y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo Señor nuestro. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y de la Madre de Dios. Amén.