Las Quince Oraciones

reveladas por Nuestro Señor Jesucristo a Santa Brígida de Suecia

Comenzamos haciendo devotamente la SEÑAL DE LA CRUZ, que es el signo del cristiano:

En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y de la Madre de Dios. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesucristo, eterna dulzura para los que Os aman; alegría que sobrepasa todo gozo y deseo; salvación y esperanza de todo pecador, que habéis manifestado no tener mayor deseo que estar entre los hombres, hasta tomar la naturaleza humana, en la plenitud de los tiempos, por amor a ellos. Acordaos de todos los sufrimientos que habéis padecido desde el instante de Vuestra concepción y especialmente durante Vuestra Sagrada Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda eternidad, en el pensamiento divino.

 

Acordaos, Señor, que celebrando la Cena con Vuestros discípulos, después de haber lavado sus pies, les habéis dado Vuestro sagrado Cuerpo y Vuestra Sangre preciosa, y luego confortándolos con dulzura, les habéis anunciado Vuestra próxima Pasión.

 

Acordaos de la tristeza y amargura que habéis experimentado en Vuestra Alma, como Vos mismo lo habéis manifestado, diciendo: «Mi alma está triste hasta la muerte».

 

Acordaos de todos los temores, angustias y dolores que habéis soportado en Vuestro Cuerpo delicado, antes del suplicio de la Cruz, cuando después de haber orado tres veces derramando un sudor de sangre, habéis sido traicionado por Judas Vuestro discípulo, apresado por la nación que habíais escogido y elevado, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces, en la flor de Vuestra juventud, y en el tiempo solemne de Pascua.

 

Acordaos que fuisteis despojado de Vuestra propia vestidura, y revestido con manto de irrisión; que Os cubrieron los Ojos y la Cara, Os dieron bofetadas, Os coronaron con espinas, Os pusieron una caña en las manos, y atado a la columna, fuisteis desgarrado con azotes y agobiado con oprobios y ultrajes.

 

– En memoria de todas estas penas y dolores, que habéis soportado antes de Vuestra Pasión en la Cruz, concededme, antes de morir, una contrición verdadera, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción, y la remisión de todos mis pecados. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los Ángeles, paraíso de delicias, haced memoria del horror y de la tristeza que habéis soportado, cuando Vuestros enemigos Os rodearon como leones furiosos, y con miles de injurias, salivazos, bofetadas, laceraciones y otros suplicios inauditos, Os atormentaron a porfía.

 

– En consideración a estos tormentos y palabras injuriosas, Os suplico, oh Salvador mío, me libréis de todos mis enemigos visibles e invisibles y me hagáis llegar, bajo Vuestra protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, Vos que nada puede contener ni limitar, Vos que todo lo abarcáis y tenéis bajo Vuestro dominio, acordaos del dolor muy amargo que habéis sufrido cuando los judíos, clavando Vuestras sagradas manos y Vuestros pies delicados a la Cruz, los atravesaron de par en par con gruesos clavos cuadrados, y al no encontraros aún en el estado que deseaban, para satisfacer su furia, agrandaron Vuestras llagas, añadieron dolor sobre dolor, y con inaudita crueldad, Os echaron sobre la Cruz, estirándoos por todos lados y dislocando Vuestros miembros.

 

– En memoria de este santísimo y amantísimo dolor de la Cruz, Os suplico me concedáis la gracia del temor y del amor Vuestro. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para curar nuestras llagas con las Vuestras, acordaos de las dolencias y heridas que habéis sufrido en todos Vuestros miembros, de los cuales ninguno quedó en su sitio, de manera que no había dolor semejante al Vuestro. Desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza, ninguna parte de Vuestro cuerpo estaba sin tormento. Sin embargo, olvidando todos Vuestros sufrimientos, no ­habéis dejado de rogar a Vuestro Padre por Vuestros enemigos, diciéndole: «Padre, perdonadles porque no saben lo que hacen».

 

– Por esta gran Misericordia, y en memoria de este dolor, haced que el recuerdo de Vuestra amarguísima Pasión, produzca en nosotros una perfecta contrición, y la remisión de todos nuestros pecados. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Espejo de eterno esplendor, acordaos de la tristeza que habéis sentido, cuando contemplando a la luz de Vuestra Divinidad, la predestinación de aquellos que debían salvarse mediante los méritos de Vuestra sagrada Pasión, juntamente habéis visto la gran multitud de los réprobos que debían ser condenados por sus pecados, y habéis compadecido amargamente a esos desdichados pecadores, perdidos y desesperados.

 

– Por este abismo de compasión y piedad, y principalmente por la bondad que habéis demostrado hacia el buen ladrón, diciéndole: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso», Os ruego, oh dulce Jesús, que a la hora de mi muerte, tengáis misericordia de mí. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Rey infinitamente amable y deseado, acordaos del dolor que habéis sufrido cuando, desnudo y como un miserable, estabais clavado y elevado en la Cruz, donde Os abandonaron todos Vuestros parientes y amigos, a excepción de Vuestra amada Madre que permaneció muy fielmente junto a Vos en la agonía, la Cual habéis encomendado a Vuestro fiel discípulo, diciendo a María: «¡Mujer, ahí tienes a Tu hijo!» y a san Juan: «¡Ahí tienes a tu Madre!»

 

– Os suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que entonces traspasó el alma de Vuestra Santa Madre, tengáis compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y me amparéis en todas mis adversidades, especialmente en la hora de mi muerte. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que por una profunda afección de amor, habéis dicho en la Cruz: «Tengo sed». Es decir ansia por la salvación del género humano.

 

– Os ruego, Oh Salvador mío, inflaméis el deseo de nuestros corazones para tender a la perfección en todas nuestras obras, y apaguéis en nosotros la concupiscencia carnal y el ardor de los apetitos mundanos. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones y sosiego de las almas, por la amargura de la hiel y del vinagre que habéis probado en la Cruz, por amor a nosotros, concedednos recibir dignamente Vuestro Cuerpo y Vuestra Sangre preciosísima, durante nuestra vida y en la hora de la muerte, para servir de remedio y de consuelo a nuestras almas. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, acordaos del dolor que habéis padecido, cuando, sumergido de amargura en la proximidad de la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, habéis clamado en voz alta haber sido abandonado por Vuestro Padre, diciéndole: «Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me habéis abandonado?»

 

– Por esta angustia, Os suplico, oh Salvador mío, no me abandonéis en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Principio y fin, vida y virtud de todas las cosas, acordaos que por nosotros, Os habéis sumergido en un abismo de dolor, desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza.

 

– En consideración a la enormidad de Vuestras llagas, enseñadme a seguir Vuestros mandamientos, por una verdadera caridad, mandamientos cuyo camino es amplio y fácil para aquellos que Os aman. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Abismo muy profundo de misericordia, Os suplico, en memoria de Vuestras llagas que llegaron hasta la médula de Vuestros huesos y entrañas, me saquéis del pecado, yo miserable, sumergido en mis ofensas, y me escondáis de Vuestro rostro irritado en las hendiduras de Vuestras llagas, hasta que Vuestra ira y justa indignación hayan pasado. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Espejo de verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, acordaos de la multitud de llagas con que fuisteis herido desde la cabeza hasta los pies, lacerado y enrojecido por la efusión de Vuestra Sangre adorable. ¡Cuán grande y universal dolor habéis sufrido por amor a nosotros, en Vuestra carne virginal! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué pudisteis hacer por nosotros que no hayáis hecho? Os conjuro, oh Salvador mío, grabéis con Vuestra preciosa Sangre, todas Vuestras llagas en mi corazón, para que en él pueda leer sin cesar Vuestros dolores y Vuestro amor.

 

– Por el recuerdo fiel de Vuestra Pasión, el fruto de Vuestros sufrimientos sea renovado en mi alma, y Vuestro amor aumente cada día en mi corazón, hasta que Os alcance, Vos que sois el tesoro de todos los bienes y todas las alegrías, que Os suplico me concedáis, oh dulcísimo Jesús, en la vida eterna. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! León poderosísimo, Rey inmortal e invencible, acordaos del dolor que habéis sufrido, cuando agotadas todas Vuestras fuerzas, tanto del corazón como del cuerpo, habéis inclinado la cabeza diciendo: «Todo está consumado».

 

– Por esta angustia y dolor, Os suplico, Señor Jesús, tengáis piedad de mí en la hora de mi muerte, cuando mi alma se encuentre en la angustia y mi mente en la afflicción. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! Hijo unigénito del Padre, esplendor y figura de Su sustancia, acordaos de la estrecha y humilde recomendación que habéis hecho a Vuestro Padre, diciéndole: «¡Padre en Vuestras Manos encomiendo Mi Espíritu!» Y Vuestro cuerpo desgarrado, Vuestro Corazón destrozado, y abiertas las entrañas de Vuestra misericordia para redimirnos, habéis expirado.

 

– Por esta preciosa muerte, Os ruego, oh Rey de los santos, confortadme y socorredme para resistir al demonio, a la carne y a la sangre, a fin de que muerto al mundo, viva solamente por Vos. Recibid, Os ruego, en la hora de mi muerte, mi alma peregrina y desterrada que regresa a Vos. Amén.


PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


Ave María

DIOS TE SALVE, MARÍA; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre las mujeres, y bendito es Tu Hijo, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


¡Oh Jesús! verdadera y fecunda Vid, acordaos de la abundante efusión de Sangre que tan generosamente habéis derramado de Vuestro Sagrado Cuerpo, como la uva en el lagar.

 

De Vuestro costado perforado con la lanza por un soldado, brotó sangre y agua, hasta no quedar en Vuestro Cuerpo gota alguna. Y finalmente, como un haz de mirra elevado en lo alto de la Cruz, Vuestra carne delicada se aniquiló, el humor de Vuestras entrañas se agotó, la médula de Vuestros huesos se secó.

 

– Por esta amarga Pasión, y por la efusión de Vuestra preciosa Sangre, Os suplico, oh buen Jesús, recibáis mi alma, cuando me encuentre en la agonía de mi muerte. Amén.


Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Herid mi corazón, para que lágrimas de penitencia, de dolor y amor, día y noche me sirvan de alimento. Convertidme totalmente a Vos. Que mi corazón Os sea una perpetua habitación, mi conversación agradable, y el final de mi vida Os sea tan loable, que después de mi muerte pueda merecer Vuestro paraíso y alabaros para siempre con todos Vuestros Santos. Amén.