Consideremos que María fue gloriosa en la muerte, porque Se había preparado bien para morir, por un ardiente deseo de ver a Dios y de unirse a Su divino Hijo, y por una perfección inalterable en Sus acciones. Viendo lo lejos que estamos de prepararnos para la muerte como lo hizo María, recémosle así:
Oh Virgen santa, que Os habéis preparado para una santa muerte viviendo en el continuo deseo de la visión beatífica, apartad de nosotros los vanos deseos de las cosas perecederas de la tierra.
Dios Te salve, María…
Oh Virgen santa, que, en preparación de una santa muerte, habéis deseado durante Vuestra vida uniros a Jesús, Vuestro divino Hijo, alcanzadnos la gracia de permanecer fieles a Él hasta la muerte.
Dios Te salve, María…
Oh Virgen santa, que Os habéis preparado para la muerte acumulando un inmenso tesoro de virtudes y méritos, recordadnos siempre que sólo la gracia y la virtud son capaces de conducirnos a la salvación.
Dios Te salve, María…
Felicitemos a María por el cuidado que puso en prepararse para morir bien, y, para exaltar Su gloria, unámonos a los nueve coros de Ángeles que La acompañaron en Su Asunción al cielo, y digamos con los Serafines, el primer coro de Ángeles:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.
Consideremos cuán glorioso fue para María morir por puro amor de Dios. Si queremos tener un poco de parte en este fuego divino, dirijámonos a Ella diciendo:
Oh María, Virgen bendita, que habéis dejado la vida mortal por la violencia del amor de Dios, pedid que se encienda en nosotros esta llama del amor divino, según el beneplácito de Dios.
Dios Te salve, María…
¡Oh María! Virgen Santísima, que muriendo de amor nos habéis enseñado cómo debe ser nuestro afecto a Dios, obtened para nosotros que permanezcamos siempre unidos a Él en la vida y en la muerte.
Dios Te salve, María…
¡Oh María! Virgen Santísima, que al dejar la vida por la fuerza del puro amor, nos habéis mostrado con qué fuego ardía Vuestro corazón, alcanzadnos al menos una chispa de ese fuego divino que nos hace arrepentirnos verdaderamente de nuestras faltas.
Dios Te salve, María…
Exaltemos la gloria inefable de María, abrasada de amor divino, y digamos, con los Tronos, el tercer coro de los Ángeles:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.
Consideremos que, después de la muerte de María, Su cuerpo fue glorioso, porque estaba adornado con esplendor y santa majestad, porque despedía una fragancia divina y obraba maravillas. Cuando veamos nuestra miseria, dirijámonos a Ella y supliquémosle, diciendo:
Oh Virgen sin mancha, que por Vuestra pureza virginal habéis merecido que Vuestro cuerpo sea tan resplandeciente después de la muerte, alcanzadnos la gracia de alejar de nosotros todos los pensamientos impuros.
Dios Te salve, María…
Oh Virgen sin mancha, que por Vuestras raras virtudes habéis merecido que Vuestro cuerpo exhalara una fragancia celestial después de Vuestra muerte, haced que nuestra vida edifique a nuestro prójimo, y que nunca seamos causa de escándalo por nuestros malos ejemplos.
Dios Te salve, María…
Oh Virgen sin mancha, cuyos restos mortales obraron maravillas, alcanzadnos la curación de todas nuestras enfermedades espirituales.
Dios Te salve, María…
Alegrémonos al ver la gloria de María en Su santo cuerpo después de Su muerte; unámonos a las Dominaciones, el cuarto coro de Ángeles que exaltan Su grandeza, y digamos:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.
Consideremos que María fue gloriosa después de Su muerte, porque Su sagrado cuerpo resucitó por la virtud del Altísimo, y se revistió inmediatamente de claridad, sutileza, agilidad e impasibilidad. Encantados de verla en tanta gloria, invoquémosla, diciendo:
Oh excelsa Reina, a quien Dios tan gloriosamente resucitó de entre los muertos, sed propicia con nosotros; conseguidnos que en el último día resucitemos como Vos.
Dios Te salve, María…
Oh excelsa Reina, cuyo cuerpo resucitado fue glorificado por la claridad y la sutileza, en recompensa de Vuestro modo de vivir, tan ejemplar y tan humilde, apartad de nosotros toda manera despreciativa, toda vana estima de nosotros mismos, y haced que sólo la humildad sea el ornamento de nuestra vida.
Dios Te salve, María…
Oh excelsa Reina, cuyo cuerpo resucitado fue glorificado por la agilidad y la impasibilidad, como premio al fervor y a la paciencia que Os distinguieron en la tierra, pedid para nosotros el valor de mortificar nuestros cuerpos y reprimir pacientemente nuestras inclinaciones viciosas.
Dios Te salve, María…
Démosle a María la alabanza que Le es debida; exaltemos la gloria que Ella recibió en Su cuerpo resucitado, y digamos, con las Virtudes, el quinto coro de los Ángeles:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.
Consideremos que María fue gloriosamente elevada al cielo, acompañada de una multitud de espíritus celestiales y de almas santas liberadas del purgatorio por Sus méritos. Aplaudamos la majestad de Su triunfo, e invoquémosla con humildes oraciones, diciendo:
¡Oh gran Reina! que con tanta majestad habéis sido elevada al seno de la paz eterna, apartad de nosotros todos los pensamientos terrenales, y haced que nuestros corazones permanezcan firmes en la contemplación de los bienes inmutables del paraíso.
Dios Te salve, María…
¡Oh gran Reina! que, en Vuestra elevación al cielo, habéis sido acompañada por toda la jerarquía celestial, haced que evitemos las asechanzas de nuestro enemigo, y que demos acceso en nuestros corazones a las aspiraciones del Ángel que continuamente vela por nosotros y nos asiste.
Dios Te salve, María…
¡Oh gran Reina! que habéis tenido la gloria de ser acompañada en Vuestra Asunción por las almas que Vuestros méritos habían liberado del purgatorio, obtened para nosotros la liberación de la esclavitud del pecado y la alabanza eterna para Vos en el cielo.
Dios Te salve, María…
No dejemos de aplaudir el majestuoso triunfo de María y la gloria que obtuvo en Su Asunción al cielo: unamos nuestro homenaje a las Potencias, el sexto coro de los Ángeles, y digamos:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.
Consideremos que María es gloriosa en el cielo, porque está constituida Reina del universo, y allí recibe un continuo tributo de alabanza y veneración por parte de la innumerable multitud de Ángeles y Santos del cielo. Vayamos respetuosamente al pie del trono de Su majestad, y supliquémosle, diciendo:
Oh Reina, soberana del universo, que por Vuestros incomparables méritos habéis sido elevada a tan alto grado de gloria en el cielo, mirad nuestras miserias con ojos compasivos, y guiadnos por el suave influjo de Vuestra protección.
Dios Te salve, María…
Oh Reina, soberana del universo, que recibís continuamente el homenaje de la corte celestial, dignaos ser nuestra abogada, Os lo suplicamos; permitid que nuestras oraciones Os sean ofrecidas con el respeto debido a Vuestra grandeza.
Dios Te salve, María…
Oh Reina, Soberana del Universo, por la gloria que Os corresponde desde Vuestro eminente lugar en el cielo, dignaos admitirnos en el número de Vuestros siervos, y obtened para nosotros la gracia de guardar fielmente los mandamientos del Señor nuestro Dios.
Dios Te salve, María…
Compartamos el gozo de los ángeles al ver a María elevada a tan gran gloria; alegrémonos al reconocerla como Reina del universo, y digamos, con los Principados, el séptimo coro de los espíritus celestiales:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.
Consideremos a María radiante de gloria en el cielo, por la diadema real con que la coronó Su divino Hijo, y por el profundo conocimiento que recibió de las cosas más altas y ocultas, pasadas, presentes y futuras. Llenos de veneración por el distinguido honor de esta gran Reina, dirijámonos a Ella y digámosle:
Reina incomparable, que gozáis en el cielo de la gloria de la preciosa diadema con que Os coronó Vuestro divino Hijo, hacednos partícipes de Vuestras raras virtudes, para que seamos dignos de ser coronados con Vos en el paraíso.
Dios Te salve, María…
Reina incomparable, que sabéis todo lo que pasa en la tierra, dignaos perdonarnos el poco aprecio que hemos tenido por Vuestra gloria; no permitáis que Os ofendamos jamás con la libertad de nuestra lengua y el desvarío de nuestros afectos.
Dios Te salve, María…
Reina incomparable, que queréis que todos los hombres sean puros y sin mancha, a fin de que sean dignos de Dios, alcanzadnos el perdón de nuestros pecados, y haced que nuestras miradas, nuestros movimientos y nuestras acciones sean agradables a Su divina Majestad.
Dios Te salve, María…
Purifiquemos nuestros corazones para alabar dignamente a María, y, a la gloria que Le proporciona la corona con que está adornada Su frente, añadamos los humildes testimonios de nuestro afecto, rezando, con los Arcángeles, el Octavo Coro de los Ángeles:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.
Consideremos cuánta gloria recibe María en el cielo por la protección que dispensa a los hombres y la solicitud con que provee a sus necesidades; creyendo, con fe viva, que tenemos por protectora en el cielo a la Madre de nuestro Dios, roguémosle de todo corazón, diciendo:
Oh María, nuestra poderosa protectora, que Os glorificáis en ser la abogada de los hombres en el cielo, libradnos del enemigo infernal y ponednos en las manos de Dios, nuestro Creador.
Dios Te salve, María…
Oh María, nuestra poderosa protectora, que, como abogada de la humanidad en el cielo, deseáis que todos obtengan la salvación, preservadnos de la desesperación ante nuestros pecados y nuestras recaídas.
Dios Te salve, María…
Oh María, nuestra poderosa protectora, que, para ejercer Vuestro oficio, amáis ser continuamente implorada por los hombres, obtenednos el espíritu de la verdadera devoción, y haced que podamos invocaros en todo momento, pero especialmente en el temido momento de la muerte.
Dios Te salve, María…
Celebremos, con todo el honor de que seamos capaces, la gloria de María, y, llenos de gozo por tenerla como abogada nuestra en el cielo, alabémosla con los ángeles, el noveno coro angélico, diciendo:
Dios Te salve, María…
Oremos. Os rogamos, Señor, que perdonéis los pecados de Vuestros siervos, para que, incapaces de agradaros con nuestras acciones, seamos salvados por la intercesión de la Madre de Vuestro Hijo Nuestro Señor. Amén.