Como hemos dicho, por Su omnipotencia, Dios creó de la nada todo lo que existe. Con una sola palabra creó la tierra, los océanos y todo cuanto contienen.
Dios habla, y la luz surge, rasgando las tinieblas como un relámpago en la noche.
Por Su mandato, la tierra emerge del seno de las aguas: el suelo se perfila, las colinas se elevan, los valles se abren.
Sobre esta tierra recién salida de la nada, Dios hace brotar la hierba tierna, florecer las praderas y crecer los árboles cargados de frutos.
Luego arroja en el espacio los grandes astros: el sol, como un rey de fuego para el día; la luna, dulce luz de plata para la noche; y, alrededor, una multitud de estrellas, como polvo de diamantes esparcido en el firmamento.
Después de las plantas y los astros, crea los animales que corren, vuelan y nadan, cada uno con su belleza, su fuerza o su gracia.
Por fin –solo entonces– creó al hombre, para que habitaran la tierra, preparada con mucha antelación como un magnífico palacio para el rey destinado a morar en ella.
Para esta última obra, Dios Se inclina con un cuidado muy especial.
«Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza – dice –, y que domine sobre todos los animales y sobre todas las cosas de la tierra».
Dios toma polvo de la tierra y, de ese barro sin vida, modela el cuerpo del hombre como un artista que esculpe una estatua. Ese cuerpo, por perfecto que sea, aún no se mueve. Dios Se acerca, sopla en sus narices aliento de vida, y en ese instante despierta un alma: un alma capaz de pensar, amar y querer libremente. La estatua se convierte en un ser vivo, y el hombre abre los ojos a la luz.
Sin embargo, en este vasto universo, Dios ve que el hombre sigue estando solo. Considera que no es bueno que permanezca así, sin nadie con quien compartir su felicidad y sus pensamientos. Entonces Dios sumió a Adán en un profundo sueño y, tomando una de sus costillas, formó a la mujer que sería su compañera. También a ella le dotó de un cuerpo y un alma. Esta mujer es igual a él en dignidad, hecha para caminar a su lado. El primer hombre y la primera mujer se llamaban Adán y Eva.
Dios los coloca en un jardín de maravillas llamado el Paraíso terrenal o Edén. Allí, todo habla de paz y felicidad: las flores perfuman el aire, los pájaros cantan en las ramas, las frutas doradas y fragantes cuelgan en abundancia. Todos los árboles están a su disposición, y sus manos pueden recoger libremente lo que su corazón desee.
Sin embargo, como Dios destina a nuestros primeros padres a una felicidad eterna, y para alcanzarla es necesario amar a Dios sobre todas las cosas, Dios quiere primero poner a prueba su obediencia. En medio del jardín se encuentra un árbol misterioso, llamado el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios dice claramente a Adán y Eva que pueden disfrutar de todo, excepto de ese árbol. Les prohíbe comer de sus frutas y les advierte que, si se atreven a desobedecer, estarán destinados a sufrir mucho y a morir un día. La prohibición es clara, pero el amor a Dios hace que este mandamiento sea ligero. Si aman verdaderamente a Dios, lo demostrarán no tocando la fruta prohibida.
Los días transcurren luminosos, como una larga mañana sin nubes. Adán y Eva viven felices, en paz consigo mismos, con la naturaleza y con Dios, que viene a visitarlos a menudo como un Padre lleno de amor. Él los instruye y les manifiesta Su amor con una dulce cercanía. En este paraíso terrenal, Adán y Eva viven en la inocencia, protegidos del mal y del sufrimiento. No tienen la menor inclinación al mal. Son perfectamente felices.
Pero, en la sombra, alguien los observa. El demonio, jefe de los ángeles rebeldes expulsados del Cielo por haberse levantado contra Dios, arde de celos al ver la amistad entre Dios y el hombre. Satanás, que había sido especialmente amado por Dios, rompió ese lazo de amor al rebelarse contra Su voluntad. Ahora ha decidido destruir el vínculo de amor entre Dios y los hombres. Él, que perdió el Cielo por su orgullo, quiere arrastrar a toda criatura a su propia ruina.